La defensa jurídica de Sócrates
¿Qué separa lo justo de lo injusto? A veces parece tan solo una apreciación subjetiva, atada a las creencias del tiempo en que se vive.Openx [71](300x120)
07 de Abril de 2026
María Paula Cárdenas Gómez
Abogada especialista en Derecho Procesal
Ante la inevitable reflexión que entraña Semana Santa me pregunto: ¿qué separa lo justo de lo injusto? A veces parece tan solo una apreciación subjetiva, atada a las creencias del tiempo en que se vive. Lo que hoy llamamos garantía, ayer fue capricho. Lo que hoy es crimen, mañana puede ser heroísmo.
Por eso me atrevo a un ejercicio ilustrativo. A Poncio Pilato se le recordó alguna vez, cuando se le encargó el juicio de Jesús, que el título de juez no representa un privilegio. Entraña una grave responsabilidad. Considero que vale la pena hacer lo propio con otro condenado ilustre.
Mi cliente: Sócrates de Atenas. Cargo: muerte por cicuta. Fecha de ejecución: 399 a.C. Posibilidad de ganar el caso: ninguna. Pero la historia nos debe una segunda opinión.
Señores del jurado:
Empecemos por los hechos. Atenas, año 399 antes de Cristo. La ciudad acaba de sobrevivir una guerra, una tiranía y una restauración democrática que todavía huele a miedo. En ese clima, tres ciudadanos –Meleto, Ánito y Licón– deciden que el problema de Atenas tiene nombre y apellido: Sócrates. Los cargos: corromper a los jóvenes y desconocer los dioses de Grecia.
Yo les pregunto: ¿cuándo buscó alguien voluntariamente a quien lo daña? Los jóvenes lo seguían. Lo buscaban. Se sentaban a sus pies no porque los envenenara, sino porque encontraban en él algo que no hallaban en ningún otro lugar: alguien que los hacía pensar. Acusar de corrupción a quien enseña a preguntar no es proteger a la juventud. Es proteger el silencio.
Se nos dice además que no creía en los dioses del Estado. Pero en el mismo aliento, la acusación le reprocha creer en demonios. Señores del jurado, les pido un momento de atención: si hay demonios, hay algo sobrenatural. Si hay algo sobrenatural, hay dioses. Mi defendido no puede ser simultáneamente ateo e idólatra. La acusación se contradice a sí misma, y una acusación que no se sostiene lógicamente no merece sostenerse jurídicamente.
Y sobre su distancia de la política, de los cargos públicos, de las asambleas: es mi deber explicarles que no se trata de una cuestión de deslealtad o apatía. Sino de vocación divina. Sócrates era la conciencia de Atenas, el grillo que habla sobre el hombro e invita a pensar antes de actuar. Una ciudad que no se cuestiona a sí misma no es una democracia. Es una mayoría cómoda. Y eso, señores, es exactamente lo que este juicio representa.
Condénelo si quieren. Pero sepan que no estarán condenando a un corruptor inmoral. Estarán condenando a la pregunta. Y una ciudad que le teme a las preguntas estará condenada a la voluntad de los impiadosos.
Veinticuatro siglos después, la pregunta sigue viva. Y no es solo histórica.
Las democracias modernas tienen mejores formas, mejores procedimientos, mejores garantías. Pero la tentación sigue siendo la misma: callar lo que incomoda, vestir la conveniencia política con ropaje jurídico, y llamar orden a lo que en realidad es miedo.
Esta historia no es solo para abogados. Es para cualquier ciudadano que haya sentido alguna vez que las reglas del juego estaban hechas para otros. Que el poder decide antes de escuchar. Que preguntar demasiado tiene un precio.
Sócrates no tenía toga ni maletín. Pero entendía algo que muchos juristas olvidan: que la justicia no es lo que dice la sentencia. Es lo que queda en la conciencia después.
“El impulso de ser justo salta en el magistrado por encima de cualquier sentimiento y consideración. ¿Sabéis lo que es la conciencia? Si lo sabéis, doy gracias al cielo porque este acusado está a salvo”
Defensa Jurídica de Cristo.
Bibliografía:
- Defensa Jurídica de Cristo de Horacio Gómez Aristizábal, ex conjuez de las altas cortes.
- Platón. (1871). Apología de Sócrates (P. de Azcárate, Trad.). Medina y Navarro.
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