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La importancia de un Ministerio de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación

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La importancia de un Ministerio de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación (Bigstock)

Iván Darío Agudelo Zapata

Senador de la República

 

Por estos días, utilizo mucho la frase del científico murciano Juan Carlos Espín de Gea, para resaltar la importancia del Ministerio de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación (MINCTI) para nuestro país, en el contexto de una nueva era de la sociedad económica del conocimiento: “Un país no investiga por ser rico, es rico porque investiga”. En mis palabras lo diría de esta manera: “Un país no hace ciencia por ser rico, sino que es rico porque hace ciencia”.

 

Es esto lo que en términos generales se aspira para Colombia con la creación del MINCTI: un ministerio para la riqueza, lo que nos pondría a tono con otros países del mundo que han logrado ser más competitivos y mejorar su ingreso a través del impulso de un órgano rector de la política de ciencia, tecnología e innovación.

 

Algunas referencias son convincentes: (i) la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) tiene actualmente 34 países miembros, de ellos 23 cuentan con un Ministerio de Ciencia o un Ministro de Ciencia. (ii) Varios países tienen ministerios que abarcan la gestión de la ciencia y la educación superior e, incluso, el deporte, en conjunto, pero poseen ministerios independientes en cada área. Y (iii) en América Latina, países como Argentina, Cuba, Costa Rica, República Dominicana y, recientemente, Chile (el pasado 31 de mayo) cuentan con ministerios de las mismas calidades.

 

Colombia no puede ser la excepción. En el informe Colombia, al filo de la oportunidad, presentado por la Misión de Sabios, creada en 1994, bajo el mandado del expresidente liberal César Gaviria Trujillo, se expresa claramente: “Urge preparar la próxima generación de colombianos con una óptima educación y con bases sólidas en ciencia y tecnología”. También, Andrés Oppenheimer, en su libro Crear o morir (2015), emite una verdadera sentencia de muerte al expresar que, en un mundo eminentemente competitivo, los países que no investigan e innovan están condenados a desaparecer. Esto concuerda con la antigua teoría darwinista que afirma que lo que no se transforma desaparece.

 

Finamente, quiero resaltar las palabras de Moisés Wasserman, uno de los investigadores más notables de nuestro país, comprometido con la ciencia colombiana, en su columna publicada el pasado mes de junio en el periódico El Tiempo (Que inventen ellos); debemos superar la creencia de nuestros gobernantes según la cual generar conocimiento no es un oficio para nosotros (“que inventen los ingleses”) y que siempre podremos comprar la tecnología y la innovación que necesitemos.

 

Ventajas del país

 

Colombia es un país maravilloso. Tenemos dos mares con recursos aprovechables que no terminamos de conocer y todos los pisos térmicos que nos permiten producir cada mes del año, con lo cual es posible imprimir el dinamismo que requiere la economía dentro y fuera de nuestros territorios para ser altamente competitiva.

 

Además, contamos con un capital humano increíble para acceder al desarrollo por la vía de la ciencia, la investigación y la innovación. Se dice que alrededor de 1.700 patentes en los últimos años han sido producidas por científicos colombianos, pero estas quedan registradas a nombre de aquellos países en donde ellos se encuentran produciendo conocimiento. Esos colombianos son los llamados “cerebros fugados” y hacen parte de lo que en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) denomina “los de la calle del frente”, con lo cual hacen referencia a aquellos profesionales y científicos que migran a otros países, porque allí reciben un trato diferencial y un mayor reconocimiento.

 

Creo firmemente en que el futuro de Colombia está en manos del MINCTI. Ahora bien, primero hay que superar la visión sesgada respecto a que este terminará siendo una estructura burocrática más del Estado colombiano. No puede pasar en esta nueva entidad lo que parece haber sucedido con Colciencias en el Gobierno Nacional. Es evidente que le han hecho matoneo a dicha entidad, dadas las siguientes evidencias: (i) su director no ha tenido asiento en el consejo de ministros, (ii) el presupuesto es insuficiente para los desafíos que comporta la investigación en Colombia y (iii) en los últimos ocho años, tuvo igual número de directores, es decir que cada año, en promedio, hubo un nuevo director.

 

Al respecto, vale citar una reflexión de Mariana Mazzucato, en relación con el rol del Estado en la macroeconomía. Esta economista italiana, en su libro El Estado emprendedor (2014), expresa que el Estado no debe reducir su potencial a solucionar los fallos del mercado o a financiar de forma pasiva las I+D públicas (investigación más desarrollo), sino que debe actuar como un Estado emprendedor que asume riesgos y crea mercados. Esto tiene una estrecha relación con lo dicho por Schumpeter, en Teoría del desarrollo económico (1955), quien sostiene que “si la innovación ha sido siempre el motor del crecimiento en la economía de mercado, en la era de la información es todavía más crucial seguir dedicando recursos públicos para catalizarla”.

 

Entonces, a lo que le apuesta el país con la creación de dicho ministerio no es otra cosa que al futuro de la juventud. A través de esta cartera, podremos tener una plataforma de lanzamiento para que nuestros jóvenes estén en igualdad de condiciones con los de otros países, de modo que sean competitivos y enfrenten los desafíos que les impone el mundo actual.

 

Muy seguramente esto permitirá que no existan más “calles del frente”, en donde nuestros talentos busquen mejores oportunidades. Por el contrario, nuestros profesionales podrán contar con una política pública incluyente que les permita poner su conocimiento al servicio del país, generando productos con valor agregado, gracias a lo cual se pueda activar un diferenciador económico frente a otros mercados.

 

Finalmente, quiero destacar que “no hay nada más liberal que la educación y la desarticulación del conflicto armado” y que, en tal sentido, no podemos olvidar que los países que decidieron dejar atrás la guerra, la violencia y la torpeza e idiotez de asesinarse entre sí dieron el paso adelante de la mano de la educación, la ciencia, la tecnología, la innovación, la autodisciplina y el amor propio.

 

En atención a ello, reitero la impostergable necesidad de contar con un ministerio en esta línea, pues, de cara al futuro, no tenemos mejor diferencial que el impulso que podemos darle a nuestros procesos relacionados con estas áreas.

 

Respaldo de la comunidad académica

 

En ese sentido, la comunidad académica es un apoyo importante para su creación. La educación superior sería la gran beneficiada con las políticas públicas que allí se pueden fijar. Se tiene el respaldo incondicional de la Asociación Colombiana de Facultades de Derecho (Acofade), con más de 80 facultades de Derecho del país, las cuales ven en esta iniciativa un gran futuro para el desarrollo y la investigación en aspectos tan importantes como la biodiversidad, el medioambiente, los recursos renovables, el comercio internacional y la explotación sostenible de nuestras riquezas marítimas y espaciales.

 

Así mismo, contamos con el apoyo de la Federación Nacional de Colegios de Abogados de Colombia, que, en asocio con Acofade, quiere modernizar la investigación jurídica y devolverle al abogado todo su prestigio y nobleza en su actuación de litigio, el cual se abre al desarrollo mediante el litigio estratégico, el arbitraje internacional y los litigios internacionales.

 

En estos escenarios, el MINCTI tendría toda su justificación para sacar adelante el desarrollo de nuestro país en los próximos 50 años, el cual no podría ser desligado de la investigación en materia jurídica. Países como Francia y Brasil ya han dado este importante paso. Colombia no se puede quedar atrás, sobre todo ahora que ha ingresado al prestigioso club de buenas prácticas de la Ocde.

 

Esperamos que esta propuesta comience a tener un buen eco en toda la comunidad académica. ¡Bienvenidos al futuro!

 

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