OPINIÓN: El vacío silencioso de la experimentación animal en Colombia
El Ministerio de Salud está cerca de cumplir 40 años en deuda con la ley que ordena regular y supervisar la experimentación animal.Openx [71](300x120)
24 de Marzo de 2026
Ricardo Díaz-Alarcón
Candidato a doctor en la Universidad de Toronto (Canadá)
Abogado de la Universidad de los Andes, especialista en Derecho Ambiental de la Universidad del Rosario y magíster en Derecho (LL. M.) de la Universidad de Harvard (EE. UU)
El Estado ausente
En Colombia, miles de animales se utilizan y matan cada año en cientos de laboratorios. Las vidas de ratones, conejos, monos, perros y muchos otros animales que sienten y sufren como nosotros transcurren en salas cerradas donde pocos miran y que, en la práctica, apenas se regulan.
Aunque suena sorprendente, la ley colombiana sobre experimentación con animales, que existe desde hace más de tres décadas, ha sido sistemáticamente ignorada por el Estado durante años. El artículo 23 de la Ley 84 de 1989 establece que ningún experimento científico con animales puede realizarse sin autorización del Ministerio de Salud. Y, sin embargo, el ministerio no ha expedido una sola autorización en más de 30 años, a pesar de que los experimentos ocurren a diario en universidades, laboratorios y centros de investigación en todo el país.
La misma ley le ordena al Ejecutivo establecer un marco normativo que proteja a los animales en estos contextos. Pero ese mandato también ha quedado en el papel. Hoy, Colombia no cuenta con una regulación específica que establezca cómo deben llevarse a cabo estos experimentos, qué límites existen ni quién vigila su cumplimiento. Incluso disposiciones básicas que ordena la Ley 84 de 1989, como la participación de sociedades protectoras de animales en los comités de ética, han quedado sin desarrollarse ni regularse.
Aunque las autoridades ambientales han intentado suplir parcialmente ese vacío en el caso de los animales silvestres, lo han hecho con enormes limitaciones de recursos, poca capacidad institucional y un enfoque que rara vez prioriza la protección individual de los animales.
El resultado es un vacío institucional preocupante: detrás de cada experimento, hay un animal que sufre y siente, y un Estado indolente que ha decidido mirar hacia otra parte.
Sufrimiento inútil
El sufrimiento que se les inflige a los animales usados en experimentos científicos es extremo. En estos procedimientos, es común obligar a los animales a inhalar gases tóxicos, aplicarles sustancias corrosivas en los ojos, separar a las crías de sus madres, lesionar sus cerebros o inducir infecciones internas para observar cómo reaccionan sus cuerpos.
Esta violencia no es excepcional, sino que está presente en prácticas comunes que se repiten a diario en laboratorios de todo el mundo. Por ejemplo, en un experimento “de nado forzado” que se realiza en miles de universidades, pequeños animales son arrojados a recipientes de agua de los que no pueden escapar. Durante un tiempo que para ellos debe parecer interminable, luchan por mantenerse a flote, buscan una salida que no existe y se agotan. Todo mientras un investigador observa y toma nota.
La experimentación con animales suele justificarse con un argumento vago y abstracto: que es un mal necesario para avanzar en la ciencia, desarrollar medicamentos y salvar vidas humanas. Pero esa es solo una verdad parcial y una parte de la historia.
No todos los experimentos con animales buscan curar enfermedades. Aunque la Ley 2047 de 2020 prohibió la importación y la producción de cosméticos probados en animales, muchos seres vivos aún se utilizan para probar productos tan cotidianos como detergentes, fragancias, tintes de ropa, alimentos o cigarrillos. El sufrimiento que los animales padecen en estos casos sirve para propósitos que están lejos de ser indispensables.
Además, la utilidad de estos experimentos es mucho más limitada de lo que se cree. La fisiología animal y la humana no son iguales y, por eso, la gran mayoría de estos estudios no produce resultados aplicables a las personas. De hecho, se estima que alrededor del 94 % de los fármacos que superan las pruebas en animales fracasan posteriormente en ensayos clínicos en humanos. En Colombia tenemos un ejemplo elocuente: durante décadas, Manuel Elkin Patarroyo extrajo a miles de monos de la Amazonía para desarrollar una vacuna contra la malaria que nunca llegó a producirse.
Un futuro sin experimentación animal
Mientras tanto, otros países avanzan en la dirección opuesta. En otras jurisdicciones, se han desarrollado regulaciones estrictas que obligan a justificar cada experimento, a diseñar protocolos que minimicen el sufrimiento y a someter todo el proceso a comités de ética independientes.
En algunos países, la comunidad científica está reconociendo que la ciencia avanzaría mejor y más rápido sin pruebas en animales. Por ejemplo, en EE UU, los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) están invirtiendo en métodos alternativos, como modelos computacionales, órganos cultivados a partir de células humanas, dispositivos que replican funciones del cuerpo humano y el análisis de grandes bases de datos clínicas.
Colombia, en cambio, sigue atrapada en el pasado. El Ministerio de Salud está cerca de cumplir 40 años en deuda con la ley que ordena regular y supervisar la experimentación animal. Y el Estado colombiano, en general, arrastra también una deuda histórica: la de desarrollar una legislación moderna, que establezca reglas claras y trace un camino hacia métodos más efectivos y más éticos.
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