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La generación blandita: los universitarios hipersensibles

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La generación blandita: los universitarios hipersensibles (Bigstock)

Hace poco, se difundió la noticia de que estudiantes en la prestigiosa Universidad de Cambridge hicieron descolgar un cuadro del siglo XVII (El mercado de las aves de Frans Snyders), por cuanto lo encontraban ofensivo para quienes son vegetarianos. Esta historia, lejos de ser una anécdota baladí y excéntrica, se ha convertido en una muestra de las causas de “indignación” que ahora defienden algunos grupos o colectivos, y que han hallado eco en las universidades de nuestro país. El problema radica en que la universidad en general y las facultades de Derecho, en particular, se están convirtiendo, a solicitud de estos movimientos, en lugares con “espacios seguros”, en los que se prohíbe, por ejemplo, expresar ideas, opiniones y argumentos que pudiesen incomodar u ofender a alguien.

 

El problema se exacerba cuando no se necesitan eventos objetivos de ofensa, sino que basta con que la presunta víctima se “sienta” ofendida. Así, pues, se gradúa fácilmente de agente violento ya no solo a una persona, sino también a la enseñanza de la historia, a la exposición de esculturas y cuadros, espacios arquitectónicos, libros, instituciones, comidas y un largo etcétera.

 

La discusión, el debate de ideas, la confrontación teórica, la retórica, la argumentación y el estudio del lenguaje han ido perdiendo protagonismo en las aulas de algunas universidades. Ya no hay tiempo para ello, la educación se torna líquida. Lo políticamente correcto, siguiendo a Steven Pinker, está creando una sociedad infantilizada, adolescente si se quiere, que hace uso del eufemismo para no ofender y del relativismo para ser incluyente. El cuestionar “verdades” ya no es una característica de la racionalidad científica, sino un acto abusivo de arrogancia y de discriminación. Paradójicamente, enarbolando la bandera de la lucha por la tolerancia, se pretende censurar el pensamiento distinto. La razón viene cediendo ante la emoción en la universidad y ello no es recomendable.

 

La iglesia, el hogar, el lugar de trabajo, pueden ser “espacios seguros” en los que no se discuta mi ideología o mis creencias, pero la universidad jamás debe abandonar su papel fundamental de hacer pensar críticamente a quienes allí se forman.

 

   

JOSÉ LEONARDO SUÁREZ RAMÍREZ, abogado y catedrático.

 

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