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El Sr. Mercado vs. la inteligencia inversionista

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El Sr. Mercado vs. la inteligencia inversionista

Daniel Raisbeck

 

En su obra maestra, El inversor inteligente (1949), el legendario inversionista Benjamin Graham introdujo la alegoría del Sr. Mercado, un accionista de una empresa que cada día ofrece comprarle a su socio su porción o venderle la propia según las fluctuaciones de su entusiasmo o de su miedo. Según las oscilaciones de su volátil ánimo, el inestable Sr. Mercado hace ofertas de compra o venta de una manera radical, incoherente y totalmente impredecible.  

 

Graham explica que el socio del Sr. Mercado, si es un inversionista prudente, debe actuar como un empresario sensato, quien sabe que su propiedad tiene un valor inicial de aproximadamente mil dólares. Como tal, puede acostumbrarse a ignorar al Sr. Mercado, a menos de que este ofrezca comprar a un precio excesivamente caro o vender a un costo extremadamente bajo. El resto del tiempo, el inversionista debe concentrarse en administrar sus dividendos, y determinar el valor de sus acciones “según los informes financieros y operativos de la compañía”.

 

La lección de Graham no ha dejado de ser relevante. Como escribí en mi columna del pasado diciembre (edición 528), los bancos centrales de los países desarrollados inflaron durante años los precios de los activos -sobre todo las acciones, los bonos y la propiedad raíz- con sus políticas de tasas de interés artificialmente bajas y, en algunos casos, negativas. El corolario es que el valor de dichos activos, en especial las acciones estadounidenses, estaba sobrevalorado. Como tal, era vulnerable a una corrección (una reducción de 10 puntos porcentuales o más) o a un mercado bajista, en el cual la bolsa cae al menos 20 puntos porcentuales desde su previo apogeo.

 

Desde entonces, los principales índices estadounidenses han entrado en una corrección por distintas causas, entre ellas el miedo a una pandemia global y, lo que quizá desataría un pánico financiero mayor, a una presidencia del socialista Bernie Sanders, en EE UU. Durante la semana del 24 al 28 de febrero, el índice S&P 500 sufrió la décima segunda mayor caída en más de un siglo (del 11,44 %). Los demás años en los que la bolsa se ha hundido de una manera similar o peor en una sola semana son los más oscuros de la historia financiera: 1929, 1932, 1987, 2001 y 2008.

 

Como resultado, el pasado 3 de marzo, la Reserva Federal redujo la tasa de interés de referencia en medio punto porcentual. Aunque el banco central más poderoso del mundo intervino para salvar a los mercados, estos continuaron su desplome ese mismo día. El recorte de las tasas pareció exacerbar los miedos latentes. Peor aún, la Reserva Federal se deshizo -quizás en vano- de una buena parte de su capacidad para intervenir más adelante. Rápidamente, su pólvora se agota.

 

Este sombrío panorama ofrece una buena oportunidad para recordar la inherente inestabilidad del Sr. Mercado. Como sabía Graham, en el mundo de las finanzas, hay un elemento más importante que el conocimiento teórico, el análisis técnico de las empresas y los diagnósticos macroeconómicos. A saber, el carácter y el temperamento del inversionista individual.

 

Un alumno de Graham que aprendió y aplicó sus lecciones apropiadamente es el también legendario Warren Buffett, quizá el inversionista más exitoso de la historia humana. Recientemente, Buffett escribió en su carta anual a los accionistas de Berkshire Hathaway, su holding, la siguiente advertencia: “Ocasionalmente, habrá grandes caídas en el mercado, quizá de una magnitud de un 50 % o mayor”.

 

Aun así, si EEUU mantiene bajos impuestos corporativos y tasas de interés en los niveles actuales, “es casi certero que, a través del tiempo, las acciones tendrán un mejor desempeño que los instrumentos de renta fija con madurez a largo plazo”. En su carta anual del 2018, Buffett demostró por qué las buenas inversiones bursátiles también dejan rezagado el valor de un refugio metálico como el oro.

 

La razón principal es la combinación entre la magnífica innovación y crecimiento de las empresas estadounidenses -lo que Buffett llama “el viento en popa americano”- y el poder fenomenal del interés compuesto, el cual el presidente de Berkshire Hathaway ha llamado “un concepto bastante simple que, con el tiempo, logra resultados extraordinarios”.

 

Como escribe Jason Zweig en el Wall Street Journal, la reinversión de los dividendos es de particular importancia durante una corrección o un mercado bajista. Tras la crisis financiera de 1929, la peor de la historia, el índice Dow Jones no alcanzó su punto previo más alto hasta 1954. Sin embargo, según el profesor Edward McQuarrie, de la Universidad de Santa Clara, un inversionista que hubiera reinvertido todos sus dividendos hubiera cubierto sus pérdidas en 1936.

 

En las palabras de Buffett, en el largo plazo, “las acciones son la mejor opción para el individuo que no usa dinero prestado y que puede controlar sus emociones”. Los demás estarán a la merced de los violentos vaivenes anímicos del Sr. Mercado.

 

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