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La academia, una oportunidad para dejar huella en los estudiantes

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La academia, una oportunidad para dejar huella en los estudiantes (Bigstock)

José Joaquín Gutiérrez Valencia

Abogado y especialista en Derecho Penal y Criminología

Director Programa Derecho Corporación Universitaria Comfacauca (Unicomfacauca)

 

Para todos aquellos que pasamos por las aulas de los programas de Derecho, resulta fácil reconocer palabras como: “Estudia, piensa, trabaja, lucha, sé leal, tolera, ten paciencia, ten fe, olvida, y ama tu profesión”, aludiendo a las valiosas reglas que el maestro y gran jurista Eduardo Juan Couture dictara durante su famosa intervención en el Colegio de Abogados de Buenos Aires, en 1949.

 

Estas expresiones se han convertido, sin temor a equivocarme, en las máximas que todo profesional del Derecho debe predicar día a día con cada una de sus acciones, más aún, si tenemos en cuenta que el ejercicio de toda profesión está enmarcado dentro del impacto que la misma genera en una sociedad, debido a la necesidad de satisfacer el deseo innato de todo individuo a relacionarse, vivir en comunidad y, de ser posible, recibir y brindar un apoyo a quien así lo necesite, pues resulta poco comprensible concebir una sociedad en la que cada uno de sus integrantes pueda suplir todos sus deseos.

 

Basta referir que desde los tiempos más remotos el hombre ha visto la necesidad de relacionarse con los demás en actividades que permitieron la aparición gradual y el desarrollo de conceptos como el matrimonio, la familia, la comunidad, la sociedad, la responsabilidad, los derechos y los deberes, entre otros, que de una u otra forma han venido a sustentar el papel que este cumple en medio de una sociedad cambiante, llena de retos, generadora de oportunidades y necesidades que al surgir reclaman ser reguladas, a fin de evitar un desajuste social. De esta forma, se brinda a sus integrantes las suficientes herramientas para que, desde una óptica simple, garanticen la efectividad de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones.

 

Estos aspectos, por su esencia y ante la complejidad que algunos pueden enmarcar, deben ser analizados y comprendidos a fondo en los diferentes programas de Derecho, bajo el diseño e implementación de diversas herramientas pedagógicas y metodológicas que garanticen en los futuros abogados una formación integral, que les permita tener un contacto con la realidad y el entorno social, partiendo no solo de un adecuado ejercicio de la técnica, sino también de un mayor componente socio-humanista, que les forme en principios y valores que vayan mucho más allá de la retórica de las aulas. Así mismo, les debe facilitar llevar a la práctica aquel decálogo como baluarte del ejercicio sano, práctico, leal y comprometido de la maravillosa profesión del abogado, aquel que se forma para alzar la voz por los que no la tienen, para defender a aquellos que no saben cómo hacerlo y para hacer justicia.

 

Formadores

 

Ser hacedores y enseñar a practicar cada una de las expresiones concebidas como el Decálogo del abogado debe ser la labor de quienes hemos asumido el reto de ser los mentores de los futuros abogados, que se desempeñarán como jueces, magistrados, litigantes, en fin, aquellos en quienes muchos pondrán en sus manos no solo la defensa de su patrimonio (en el sentido más amplio de la expresión), sino, incluso, su bien más preciado: la libertad.

 

Vale la pena decir que algunos profesionales del Derecho que han decidido incursionar en la loable labor de ser docente solo por haber logrado salir triunfantes en el ejercicio de la profesión, alcanzando cierto renombre o posición, o quizá por haber obtenido algunos méritos en la academia, se pretenden mostrar como “semidioses”, inerrantes en sus conceptos, decisiones y enseñanzas. Esto desnaturaliza al estudiante, como individuo en formación, y hace olvidar que el docente no es aquel que “repite” un conocimiento, sino que entiende que está ahí para transformar la vida de jóvenes inexpertos para convertirlos en los profesionales que la sociedad hoy necesita.

 

Mal haría en desconocer la trayectoria y el valor de muchos docentes, que con su presencia engalanan las aulas universitarias y se convierten en referentes para aquellos que están bajo su tutela, pues de ellos muchos aprendimos a amar nuestra profesión. Con este escrito solo quería invitar, desde el Cauca, a aquellos colegas que han decidido dedicar gran parte de su quehacer diario a la academia a ver en ella esa grandiosa oportunidad de dejar una huella en la vida de sus pupilos, para que perdure, trascienda y motive a una nueva generación de togados, decididos a darle lo mejor a una sociedad, que clama por verdaderos profesionales, leales a sus principios, que, además de materializar en sus vidas los mandatos de Couture, entiendan que al gran abogado le asiste un principio adicional: enseña, más que con palabras, con los actos que emanan de aquel que ha logrado amar su profesión y despertar en sus discípulos la pasión por ella.

 

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