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Enseñando filosofía en un mundo dividido

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Nicolás Parra

n.parra24@uniandes.edu.co / @nicolasparrah

 

Desafortunadamente la filosofía se concibe cada vez más como una disciplina estrictamente teórica y académica cuyo ejercicio es exclusivo de unas personas encerradas en bibliotecas y ajenas a lo que ocurre en el mundo “real”. En gran parte, la responsabilidad de que este prejuicio se haya acentuado en las últimas décadas la tienen principalmente los filósofos, quienes ven con recelo cualquier intento de “divulgar” o someter la libre reflexión filosófica a las contingencias del mundo “real”. Sin embargo, de vez en cuando un filósofo se libera, como una mosca de una botella, y logra “hacer” filosofía para pensar directamente su vida personal y pública sin condición o esperanza. Recientemente, por pura casualidad, encontré a uno de esos filósofos.

 

Mi padre, ajeno a la filosofía, pero cercano a la religión, me regaló un libro titulado Enseñando a Platón en Palestina, de Carlos Fraenkel, un connotado profesor de filosofía y religión de la Universidad de Oxford, que en palabras de Michael Walzer, uno de los filósofos políticos más renombrados actualmente, “cree que la filosofía puede ser útil para la persona común y corriente, como usted y yo, que no somos filósofos profesionales, y que debatimos en nuestro lenguaje cotidiano sobre dios, la ley moral, el mejor régimen político, la posibilidad del conocimiento verdadero y cómo se debe vivir”.

 

La manera como Fraenkel ejerce la filosofía es enseñándola en los lugares más recónditos y con visiones del mundo radicalmente distintas a la occidental, como Palestina, Indonesia y Akwesasne, entre otros. En el 2006, por ejemplo, terminó enseñando un seminario de Platón en la Universidad Al-Quds, la universidad palestina en Jerusalén.

 

Para llegar al salón de clases en Abu Dis, un suburbio en el oriente del país, Fraenkel tomaba dos taxis. El primero lo dejaba en al-jidar, el muro de separación construido por los israelitas, y después de escalarlo se montaba a otro que lo llevaba hasta la universidad. En sus primeras clases comenzaba con el paradigmático texto filosófico Apología de Sócrates y luego continuaba con La República hasta llegar a los filósofos islámicos que tradujeron la tradición platónica al islam, como al-Farabi o Maimónides.

 

Fraenkel dejaba perplejos a sus estudiantes al discutir la famosa frase de Apología de Sócrates: “El mayor bien para un hombre es tener conversaciones cada día acerca de la virtud (…) una vida sin examen no tiene objeto vivirla”[1]. Fraenkel les decía a sus estudiantes palestinos que para Platón una vida virtuosa depende de fundamentar su vida en el conocimiento. Por ejemplo, para actuar justamente, se debe entender la justicia. No se trata de decir que actúo justamente porque así lo prescribe el Corán, la Torá o la Biblia, sino de entender qué es la justicia independientemente de sus metáforas, alegorías y narrativas religiosas.

 

Enseñar filosofía en un mundo dividido por ideologías, religiones y aproximaciones políticas consiste en generar la confusión —o la perplejidad— en los estudiantes, de suerte que los lleve a averiguar por sí mismos qué es el bien y qué es el mal, y no tomen estas nociones como han sido heredadas por las narrativas religiosas o políticas que los envuelven.

 

En otras de sus clases, Fraenkel les ensañaba a sus estudiantes que en ocasiones el conocimiento no es suficiente para actuar justamente. A veces se requiere, como lo indica Aristóteles, otra virtud denominada por los griegos como sophrosyne (autocontrol) para no dejarnos gobernar por nuestras pasiones y emociones. La sophrosyne puede contribuir a romper el círculo vicioso de la violencia en el conflicto palestino-israelí, pues indica el camino hacia la paz por medio de una resistencia no violenta: un autocontrol que resiste la violencia exógena.

 

Desde luego, sería ingenuo pensar que solo a partir de la filosofía y los diálogos que surgen en un aula de clases pueda cesar un conflicto armado que se ha propagado por años. Sin embargo, en los diálogos en que indagamos por la justicia, por la verdad, por la mejor forma de gobierno y otros temas que atraviesan nuestra esencia humana, los prejuicios y estereotipos se suspenden. Y, para que esos diálogos puedan comenzar a tejer una esperanza común en un mundo dividido, exigen que tengamos la valentía de cuestionar nuestras creencias más profundas y ponerlas a prueba en un debate cultural, que como sugiere Fraenkel, implica asumir sin condición “que lo que es correcto no está escrito en piedra por la eternidad, sino que permanece abierto a la revisión de una generación a otra”[2].

 

[1] Platón. Apología de Sócrates. 38a2-7.

[2] Fraenkel, Carlos. Teaching Plato in Palestine. Philosphy in a Divided World. New Jersey: Princenton University Press. 2015. Pág. 188.

 

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