¿Qué es ser madre? Una reflexión sobre lenguaje, realidad y dignidad en tiempos de posverdad
En la era de la maternidad subrogada, el Derecho ha renunciado a nombrar lo evidente.Openx [71](300x120)
13 de Marzo de 2026

Natalia Rueda
Profesora de la Universidad Externado de Colombia
El lenguaje es un acto de poder. Cuando un ordenamiento jurídico decide que una mujer que gesta no es “madre”, sino “portadora gestacional”; cuando llama “producto” a quien nace; cuando sustituye “contrato de explotación” por “acuerdo altruista” estamos presenciando algo más grave que un simple cambio terminológico. Estamos presenciando la negación sistemática de la realidad. (Lea Violencia de género y tolerancia institucional)
En tiempos de posverdad, donde la verdad se negocia y se mercantiliza, el Derecho ha encontrado su aliado perfecto: el lenguaje banalizado. Y no hay mejor campo de batalla que la maternidad. La maternidad ha sido siempre un asunto jurídico complejo. Las leyes que la regulan revelan cómo una sociedad entiende la dignidad, el cuerpo, la identidad y el valor de las mujeres.
Pero lo que ocurre hoy es distinto. No es que el Derecho debata sobre quién es “madre” en sentido estricto o quién tiene derechos parentales. Eso sería un debate legítimo. Lo que ocurre es que el Derecho, presionado por intereses de mercado, está optando por negar lo evidente.
Una mujer que gesta es una mujer que gesta. Su cuerpo ha sido alterado por el embarazo. Su sangre, su sistema inmunológico, sus hormonas, su piso pélvico, su cerebro, todo ha sido transformado por ese proceso. La ciencia documenta el microquimerismo fetal, las mutaciones epigenéticas, los cambios permanentes en su organismo, procesos de descalcificación, cambios hormonales mayúsculos. Pero el mercado (y el Derecho lo sigue) dice: “No es madre. Es una portadora”.
Esta no es una precisión técnica. Es una banalización que pretende hacer invisible lo que es radicalmente visible. Y esa banalización sirve a un propósito: permitir que una mujer sea tratada como un medio, no como un fin en sí misma.
Vivimos en una época donde la verdad se ha vuelto negociable. Las redes sociales, los algoritmos, los intereses corporativos, todo conspira para que los hechos pierdan densidad, para que lo verificable se diluya en opiniones. El Derecho no debería ser así. El Derecho debería ser el último bastión de la realidad, el espacio donde los hechos importan, donde la dignidad humana no se negocia. Pero la maternidad subrogada ha colapsado esa barrera.
Hemos llegado a un punto donde se publicitan “acuerdos altruistas” que de altruistas no tienen nada y que, si así fuera, reclaman altruismo exclusivamente a quien hace todos los sacrificios físicos y emocionales, para luego ser completamente invisibilizada como l’angelo del focolare, mientras todos los demás se enriquecen a costa suya; mientras, en Colombia, por ejemplo, se ofrecen incluso paquetes turísticos a los comitentes y se programan cesáreas según su conveniencia, sin que medie el criterio médico.
Hemos llegado a un punto donde el “derecho a formar una familia” se ejerce sobre el cuerpo de otra mujer, y eso se presenta como progresismo.
Esto no es debate jurídico serio. Es posverdad institucionalizada.
Entonces, ¿qué es ser madre? La pregunta parece ingenua en tiempos donde todo es cuestionable, donde toda categoría se relativiza. Pero hay una diferencia entre complejidad y negación. Es complejo definir qué significa “maternidad” en contextos de adopción, de familias no biológicas, de personas que crían sin haber gestado. Eso es un debate legítimo y necesario. Lo que no es legítimo es negar que la mujer que gesta experimenta una transformación única, irrepetible, que crea una relación biológica y relacional que no es la misma que la de quien aporta material genético.
Ser madre no es un concepto legal puro. Es una realidad que antecede al Derecho: biológica, psicológica, relacional. El Derecho puede ampliar quién cuenta como madre, puede proteger múltiples formas de maternidad. Pero no puede negar que quien gesta ha sido madre.
En la era de la posverdad, donde todo es discurso, el acto de gestar permanece como un hecho obstinado: un cuerpo que se transforma, una vida que se gesta, una relación que se establece. El Derecho puede no querer verlo. Pero eso no lo hace menos real.
Cuando el lenguaje se banaliza, cuando la realidad se niega, cuando los hechos dejan de importar, la dignidad humana se vuelve negociable. Y la historia nos lo sigue demostrando: en una sociedad donde todo es negociable, las mujeres (y sus derechos) siempre podrán convertirse en objeto de disputa.
En el Día Internacional de la Mujer, es momento de preguntarnos: ¿queremos un Derecho que nombre la realidad, que proteja la dignidad, que reconozca que gestar es un acto que trasforma? ¿O aceptamos un Derecho que banaliza el lenguaje, que niega los hechos, que convierte la maternidad en un concepto tan vago que puede desaparecer cuando es económicamente conveniente?
No es una pregunta retórica. Es una pregunta política. Y en tiempos de posverdad, las preguntas políticas son las únicas que importan.
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