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Mujer, justicia y Derecho: habitantes de una casa con techo de cristal

El desafío actual no solo reside en lo humano, sino en lo técnico y lo tecnológico. En la era digital, corremos el riesgo de codificar los viejos sesgos en nuevos algoritmos.

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Mujer, justicia y Derecho: habitantes de una casa con techo de cristal

11 de Marzo de 2026

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Claudia Helena Serje
Claudia Helena Serje Jiménez
Doctora en Sociología Jurídica e Instituciones Políticas
Maestra universitaria

La presencia de la mujer en la abogacía trasciende la reivindicación estadística o el cumplimiento de cuotas de género; su participación es el catalizador que humaniza la praxis del Derecho. Desde la mitología griega, la justicia, el orden, la ley, han sido representados por una figura femenina: Temis, una paradoja histórica que ya anticipaba la necesidad de su protagonismo en escenarios donde, durante siglos, fue invisibilizada. Hoy, el ejercicio de la mujer jurista sigue siendo una travesía de grandes desafíos, acciones de resistencia y una carrera de obstáculos laborales y profesionales. (Lea Participación femenina en el Senado llega a 31 curules)

En cada despacho, oficina y aula universitaria, la voz femenina es el motor de una redignificación social necesaria, que no busca simplemente la exégesis de la norma; se busca que la justicia sea un puente hacia el desarrollo humano; como mujeres entendemos que  detrás de cada expediente, de cada proceso judicial o administrativo, de cada conflicto habita una historia de vida; es esa capacidad de mirar “más allá del papel” lo que está dotando de sentido a los despachos judiciales del siglo XXI.

Resulta imperativo acelerar el cumplimiento del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 5: Igualdad de género, aunque según informe de Naciones Unidas, será una de las metas que no se alcanzará en el 2030. Quedarán faltando más de 140 años para poder cerrar la brecha de género. Persisten sesgos estructurales y estereotipos que pretenden invalidar el desempeño profesional femenino mediante juicios subjetivos y seudo conclusiones sobre factores como la estética, la maternidad, el estado civil o la edad. Estos factores no solo nutren el acoso laboral y sexual, desbordan el sano relacionamiento que se espera en estructuras verticales u horizontales de desempeño profesional u ocupacional, sino también carecen de toda relevancia técnica.

Asimismo, el desafío actual no solo reside en lo humano, sino en lo técnico y lo tecnológico. En la era digital, corremos el riesgo de codificar los viejos sesgos en nuevos algoritmos. Una justicia con rostro de mujer es la única garantía para que la inteligencia artificial también sea una herramienta de equidad y no un mecanismo que automatice la exclusión y valide la estigmatización. Se necesitan juristas que vigilen que el código no herede la invidencia social pretérita asegurando que la tecnología sea el soporte, pero nunca el reemplazo del criterio humano y empático, como así lo orienta el humanismo digital.

Es imperativo resignificar el lenguaje obsoleto que, bajo etiquetas peyorativas, atenta contra la dignidad de la mujer frente a sus rasgos de personalidad como la alegría. Un ejemplo crítico es el uso de la expresión “mujer de vida alegre”, históricamente cargada de una connotación negativa que se utilizaba para catalogar el trabajo sexual de la mujer.

Se debe subvertir ese concepto: la alegría no es una debilidad ni una falta de sobriedad, ni atentado al decoro profesional; es una emoción primaria que refleja resiliencia, salud mental, equilibrio, gratitud, júbilo, gozo, luz, entusiasmo, energía, bienestar; la alegría de una mujer en el ejercicio del Derecho no es incompatible con la templanza ni con el rigor que exigen los cargos de alta responsabilidad, por el contrario, es una fortaleza institucional. Una jurista capaz de transformar su realidad a través del entusiasmo muestra inteligencia emocional que garantiza la toma decisiones más justas, más humanas y restaurativas, alejadas del positivismo a ultranza ciego que ignora las fracturas sociales.

El mundo se construye a través del lenguaje. Por ello, la comunicación es vital para reconstruir realidades dañadas por alocuciones sin contexto y populismos retrógrados. Necesitamos más abogados y abogadas “de vida alegre”: profesionales con bienestar emocional capaces de gerenciar desde un liderazgo jurídico que restaure el tejido social. El liderazgo femenino debe dejar de verse solo como “habilidad blanda” para entenderse como un insumo estratégico indispensable para equilibrar las cargas en el escenario laboral y profesional.

Cada vez más hay oficinas jurídicas, corporativos, facultades de Derecho, centros jurídicos, académicos y despachos judiciales  con rostros de mujer, el tema no es solo cómo llegan, sino cómo se mantienen, cuál es el precio a pagar dentro de un sistema que normativamente se muestra protector, pero que actitudinalmente, de forma mayoritaria, sus operadores siguen manteniendo la paquidermia de una cultura jurídica altamente nociva, desigual, trasgresora y promotora de estereotipos, construida con maquinaria machista y misógina que infortunadamente no solo es desplegada activamente por hombres, sino también por mujeres escondidas en discursos segmentarios que demarcan diferencias y líneas que excluyen.

“La justicia, en femenino, y el Derecho, en masculino” deben cohabitar en una simbiosis que erradique el techo de cristal: ese material frágil y quebradizo que permite filtraciones de discriminación, estigmatización e incoherencias en un Estado social de derecho constitucional. Ese cristal como material no es adecuado para garantizar seguridad, durabilidad, funcionabilidad y la solidez de nuestras instituciones jurídicas y sociales; es un material poco resistente que no permite proteger, prevenir, contener y hacer confortable el escenario jurídico. La casa de la justicia y del Derecho requiere de arquitectos sociales que utilicen materiales de alta resistencia ética y el enfoque de género.

La dignidad e idoneidad de las abogadas no pueden seguir condicionadas: mientras las curvas de su cuerpo no contraríen la rectitud de sus actuaciones y decisiones. Mientras su alegría no le reste solemnidad a la función jurídica y judicial. Mientras que la estética personal no diluya el fundamento del criterio jurídico. Mientras su edad no sea sinónimo de inexperiencia e ineptitud profesional.

El sistema jurídico no puede ser cómplice de la anulación inquisitiva del liderazgo femenino por temores, frustraciones, inseguridades o violencias estructurales. El mundo del Derecho se fortalece cuando se reconoce y valora el aporte de una mujer abogada, jurista que entrega lo mejor de su ser, saber y hacer; protegerla es garantizar la integridad de nuestra profesión sostenida por las columnas de la justicia, la dignidad humana, la equidad, la igualdad, la no discriminación, la seguridad jurídica. Y es así como seguimos esperando la aparición de un sistema donde la mujer, la justicia y el Derecho habiten en una casa que no tenga techo de cristal.

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