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La disciplina de la imaginación

Nuestra responsabilidad como profesores de Derecho implica reivindicar, día a día, nuestra disciplina como un trabajo más de la imaginación.

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Las voluntades anticipadas o de cómo poner la casa en orden

19 de Mayo de 2026

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Lina María Céspedes-Báez
Profesora titular de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario
Doctora en Derecho

Tengo una obsesión con la imaginación. Quiero saber qué es, cuál es su función y cómo puedo estimularla. Ya no es una característica humana más que doy por sentada, sino una parte integral de nuestro estar en el mundo que merece toda mi atención. Mi fijación comenzó a finales de 2022, cuando ChatGPT fue lanzado a nivel mundial. La razón: ese momento significó para mí el cruce de una frontera, la transformación, al menos para mí, de la ciencia ficción en realidad.

Sí, ya en 2020, habíamos visto bailar a los robots de Boston Dynamics al son de la pegajosa canción Do you love me?, pero que llevaran el ritmo no era lo suficientemente significativo para mí. Que un software pudiera hilar palabras mejor que muchos de mis estudiantes, aunque fuera para decir sandeces, era otra cuestión. Su presencia, al alcance de nuestras manos, ponía en entredicho algunas premisas fundamentales sobre lo humano. Luego, los vientos iliberales tomaron más fuerza y pusieron en jaque a todo el imaginario democrático que había poblado nuestros objetivos, críticas y horizontes de cambio. A mis ojos, el panorama no podía ser más ominoso: máquinas poderosísimas en manos de autócratas. Me sentía atrapada en una versión envilecida de las novelas de Aldous Huxley, Philip K. Dick o China Miéville.

Este panorama de ciencia ficción convertida en un aquí y ahora distópico me llevó a cuestionarme mi labor como profesora de Derecho. ¿Qué, cómo y para qué enseño? ¿Acaso me dedico a enseñar un oficio en vías de extinción, en el que escribir se convertirá en un simple gesto elitista? ¿Será que, al hablar de democracia, Estado de derecho y derechos fundamentales, no me refiero al presente, sino a la historia?

Tras varias semanas de desasosiego, decidí seguir un plan de lectura para entender qué sostenía a nuestras organizaciones políticas y sociales. De la mano de Adam Smith, Madame de Staël, Mary Shelley, John Stuart Mill, Tomás Moro, Sigmund Freud, Margo Glantz, con sus cronistas de Indias, y muchos más, fui comprendiendo el poderoso rol que la imaginación desempeña en la estructuración de nuestras existencias. Estados de naturaleza, fantasmas que recorren continentes, contratos sociales, chivos expiatorios, tótems y parricidios pueblan las narrativas que fundamentan nuestros sistemas políticos y jurídicos. Somos el resultado de unas sagas que llamamos teorías.

La imaginación ha puesto a pensar a más de uno. No es para menos. De las narraciones que afirman que el hombre es un lobo para el hombre (Hobbes) o que los varones constituyen una clase que expropia a las mujeres de lo más íntimo que tienen, es decir, su sexualidad (MacKinnon), han surgido proyectos de acción política como el liberalismo y el feminismo. Pero también han emergido proyectos de pureza racial y de violencia a partir de ciertas ficciones y distorsiones, como la necesidad de un chivo expiatorio para la cohesión social. Aristóteles, Kant, Sartre y Nussbaum, para lanzar algunos nombres, hicieron de la imaginación uno de sus objetos de estudio. Arendt, en su controvertido análisis del juicio de Eichmann, atribuyó a su falta de imaginación su participación en el genocidio de millones de judíos.

¿Qué papel juega la imaginación en la vida social? ¿Qué imaginaciones cohesionan a las personas? ¿Qué imaginarios nos dan razones para actuar? ¿Qué responsabilidad implica promover ciertas imaginaciones?

Lo que me ha quedado claro hasta el momento es que imaginar no es una simple ensoñación; tampoco es una provincia exclusiva de niños ni de artistas y poetas. La imaginación es la habilidad intelectual de desafiar el tiempo, el espacio y la identidad. En este sentido, es la capacidad de pensar otros momentos, lugares y sujetos distintos a los inmediatos, diferentes al ahora en este lugar que mi yo ocupa. No es fantasía. La imaginación tiene un pie en la realidad para proyectar lo posible, aunque nunca llegue a materializarse. No es esencialmente ni buena ni mala. La manera en que se cultiva determinará su rumbo. Así, se convertirá en una aptitud para hacer habitable el mundo y viabilizar acciones para tender puentes entre personas y comunidades o, todo lo contrario, para cerrarlos. La ética, la estética y la política dependen del encauzamiento de nuestros poderes imaginativos.

El Derecho es una disciplina de la imaginación. Por un lado, es el resultado de una de sus aplicaciones. En nuestro caso, un ideario liberal que tuvo suficiente influencia como para desbancar a nobles y reyes. Por otro lado, es uno de los lenguajes que permiten la acción ética, estética y política. Es uno de los idiomas con los que se pronuncia lo imaginado. Basta con leer una carta magna para darse cuenta de ello. Es una técnica que permite estrechar lazos, cooperar y fortalecer las comunidades. Basta con leer el acto de constitución de una fundación o asociación para ver cómo un anhelo encuentra un vehículo para su expresión.

Luego de estar a punto de tirar la toalla y de entregarme de lleno a las pesadillas, un gesto de la imaginación me libró de la desesperanza. Nuestra responsabilidad como profesores de Derecho implica reivindicar, día a día, nuestra disciplina como un trabajo más de la imaginación. Puede que así nuestros estudiantes sigan soñando y no necesariamente con ovejas eléctricas.

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