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La Universidad del Rosario llora: Marco Gerardo Monroy y Marcela Monroy

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Hernando Herrera Mercado

Árbitro y Director de la Corporación Excelencia en la Justicia

 

La partida existencial de dos de nuestros más queridos exdecanos, con la coincidencia de haber ostentando con pulcritud, y traza ilustre, el mismo apellido, pinta en esta calenda, y en las centenarias paredes de nuestra alma mater, de profunda amargura.

 

A la muerte, hace un año, del exmagistrado, el tratadista Marco Gerardo Monroy Cabra, se suma, ahora, la lamentable desaparición de la jurista Marcela Monroy Torres. Como a todo integrante de la comunidad rosarista, me conmueve enormemente esta seguidilla de insucesos, y me impactan aún más, por la cercanía que tuve con ambos, privilegio que llevo, incluso, como simbólica presea vivencial. Arranco por decir que, en virtud de esa cualidad conjunta que ellos conjugaban en todas sus formas, magnanimidad infinita, trabajé a su lado en el foro académico.

 

Por la confianza de la doctora Marcela, inicié mi trasegar en el ejercicio de la cátedra universitaria. Con posterioridad, y gracias a su inmerecida referencia, me desempeñé como secretario general de Telecom, en los tiempos en que un baluarte de la moralidad, como Eduardo Pizano, dirigió esa querida empresa estatal. En el caso del doctor Marco Gerardo, le agradecí haberme delegado la estructuración de ambiciosos proyectos, como la creación del Instituto Anticorrupción, y el diseño académico y puesta en marcha de la primera especialización de arbitraje del país, programa que desde ese momento -ya hace casi un cuarto de siglo-, y hasta fecha ulterior, hemos dirigido, y que mutó recientemente a ser maestría, bajo el liderazgo de nuestro decano, José Alberto Gaitán.

 

Más allá del anecdotario personal que precede, quiero detenerme ahora en las gestas de los decanos Monroy. En el caso del doctor Marco Gerardo, difícil encontrar tratadista más citado; muy apreciadas y variopintas sus obras en diversos campos del Derecho. Ello hace que con Hinestrosa, o con Rocha, por citar algunos, haya representado esa última generación de juristas capaz de diluir la frontera entre el derecho público y el privado. A ese respecto, mi memoria registra verlo disertar con holgura en reuniones académicas en las que se deliberaban las vicisitudes de temas tan disimiles, como la evolución de los actos de comercio, las modalidades del acto administrativo, el influjo de las convenciones internacionales, las reformas normativas o los alcances de la jurisprudencia. Su paso por la Corte Constitucional o por la Academia Colombiana de Jurisprudencia fue homónimo de su carácter mesurado. Nunca se le reprochó incorreción alguna; digno en todos los campos y amigo de las formas más preciadas de la civilización humana. Respetuoso de la convicción ajena, sin que por ello renunciara a la firmeza de sus postulados de vida, sin duda, dogmas de lealtad y disciplina, cual caballero medieval.

 

La doctora Marcela fue decana de manera precursora, cuando, por cierto, ninguna de las principales escuelas del Derecho del país se encontraba bajo conducción femenina. Ocupó esa dignidad en la pesarosa década nacional de los ochenta, una de las de más ingrata recordación en el alma nacional. Cuando el mortífero narcotráfico, cruento y con la suficiente capacidad de asestar demoledores golpes a la democracia parecía inatajable y frente al cual siempre medió el pronunciamiento valeroso de las cabezas de nuestra universidad, incluida la decana de aquel entonces, con lo que se registró el apoyo irrestricto del Rosario a la institucionalidad, y confrontando esa vil “camorra criolla” que desafiaba la colectividad. La respuesta estudiantil fue una gran convocatoria ciudadana de enorme calado, la más importante gesta civil de los últimos lustros, que pretendió ofrecer soluciones al crítico momento que pasaba Colombia, agudizado tras el cobarde asesinato de Luis Carlos Galán. Fueron aquellos los conocidos orígenes del llamado movimiento de la Séptima Papeleta, corriente estudiantil que lideró decididamente Fernando Carrillo –quien hasta hace poco ejerció con probidad el cargo de Procurador–, y en la que, precisamente, la doctora Monroy fue impulsora esencial y generosa. El ejercicio profesional de la doctora Marcela también fue de trayectoria preponderante: árbitro y litigante descollante, reconocida experta en temas de derecho administrativo y de contratación estatal. Personalidad franca, sin ambages, o dobleces. Lectora irredimible de la literatura universal clásica y moderna. Su vida se apagó de pronto, a manos de esta pandemia, que sigue haciendo estragos inconmensurables. Se nos fue lentamente, como las últimas notas despaciosas de esas canciones de ritmo suave de Juan Luis Guerra, que tanto le gustaban. Nos quedaron su ingenio a toda prueba y su incondicional amistad.

 

Y para rematar la desolación que invade al Rosario, se suman a estos acontecimientos las recientes desapariciones de Germán Pinilla, su capellán, y de Luis Enrique Nieto, su secretario general por tantísimo tiempo, por lo que también va para sus allegados un saludo solidario, por medio de estas líneas.

 

 

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