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Memoria a mi padre: Constantino Portilla Bermúdez, servidor público, jurista rosarista y maestro del Derecho Administrativo

Más allá del jurista está el hombre, el esposo amoroso, el padre que nos enseñó a caminar con la frente en alto.

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15 de Abril de 2026

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Juan Carlos Portilla
Profesor de Derecho Internacional
Universidad de la Sabana

El 15 de abril, a las tres de la madrugada, falleció mi padre, Constantino Portilla Bermúdez, abogado rosarista, servidor público y profesor de Derecho Administrativo. Su partida, evocada en la parábola del retorno de Porfirio Barba-Jacob (poema que recitaba de memoria) simboliza el tránsito hacia la “casa paterna” que él mismo mencionaba con frecuencia.

Nacido en Pamplona, estudió en el Colegio Provincial, institución que marcó su carácter. Fue posteriormente alcalde de Pamplona, ciudad que también vio nacer a juristas como Juan Manuel Ramírez, magistrado del Consejo Nacional Electoral, y Jesús María Carrillo, presidente del Consejo de Estado.

Ingresó al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde cursó jurisprudencia bajo el ala protectora de monseñor José Vicente Castro Silva. Su promoción reunió a figuras que marcaron la vida jurídica del país: Marco Gerardo Monroy Cabra, magistrado de la Corte Constitucional; Jaime Castro, ministro de Gobierno y Alcalde Mayor de Bogotá; y Clara Forero de Castro, consejera de Estado.

Su trayectoria en el sector público incluyó los cargos de juez, diputado de la Asamblea Departamental del Norte de Santander, secretario de Obras Públicas del Norte de Santander, director nacional del INTRA durante el gobierno del presidente Julio César Turbay Ayala, abogado de la Flota Mercante Grancolombiana, secretario general de la Aeronáutica Civil y Senador de la República por el Partido Liberal.  Desde el Senado ejerció un control político constante y documentado sobre la gestión gubernamental y en 1997 votó a favor del restablecimiento de la extradición, figura que había sido eliminada por la Asamblea Constituyente de 1991.

En el marco de ese mismo deber de vigilancia republicana, Constantino Portilla Bermúdez denunció el grave deterioro de los puentes Miguel Durán Durán y Jorge Gaitán Durán, que unen a Colombia con Venezuela y cuya estabilidad se veía comprometida por la intensidad del invierno. Con la sobriedad que caracterizaba su ejercicio legislativo, advirtió que la afectación de estas infraestructuras fronterizas ponía en riesgo la seguridad, la movilidad y la continuidad del intercambio comercial entre ambas naciones.

Como académico, fue profesor de Derecho Administrativo en la Universidad de La Sabana, la Universidad Santo Tomás de Bogotá y la Universidad Libre de Cúcuta. Su enseñanza combinó rigor técnico, ética pública y una visión moderna del Estado. Estudió y promovió la transición hacia un sistema de transporte multimodal, anticipándose a los retos de la apertura económica impulsada en el gobierno de Cesar Gaviria Trujillo. Defendió la descentralización política y administrativa, consolidada en la Constitución de 1991, como herramienta para fortalecer la democracia territorial. Su mentor profesional fue el exministro y exembajador Enrique Vargas Ramírez, cuya influencia marcó su comprensión del servicio público.

Pero más allá del jurista, está el hombre. El esposo amoroso. El padre que nos enseñó a caminar con la frente en alto. El nono que consentía a sus nietos con una ternura que desarmaba cualquier solemnidad. Amó profundamente a nuestra madre, su Judith, compañera de vida, de luchas y de silencios. En ella encontró su equilibrio, su refugio y su alegría. Acompañaba a mi hijo mayor, Juan Carlos, a sus partidos de tenis en los Estados Unidos, celebrando cada punto como si fuera propio. Con mi hijo menor, David, compartía palabras en francés, orgulloso de escucharlo hablar con fluidez una lengua que él admiraba. En Navidad, nada lo hacía más feliz que las hayacas cucuteñas, el pesebre iluminado y la familia reunida alrededor del árbol. Amó el lago Sochagota, sus termales, sus montañas. Allí, entre vapores y silencio, nos enseñó que la vida es un instante que se agradece.

Hoy, mientras escribo, vuelvo a la poesía que él recitaba con devoción. Y aunque no puedo reproducirla en su totalidad, sí puedo evocar su espíritu: el llamado a regresar, a reencontrarse con la luz, a volver al hogar donde el alma descansa.

Mi padre ya volvió. Y en ese retorno nos dejó un legado que no se extingue: el amor por Dios, el derecho, la fe en el servicio público, la ternura de la familia y la certeza de que la vida, cuando se vive con decencia, trasciende.

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