Hacerlo visible
En los hogares, seis de cada diez personas han experimentado violencia física o psicológica a lo largo de su vida. Ocurre en la casa, en el colegio, en la calle.Openx [71](300x120)
30 de Marzo de 2026
Marta Royo
CEO de Profamilia
La violencia de género no siempre se ve. Muchas veces no deja marcas visibles, no se denuncia, no se nombra; sin embargo, está presente en historias que se cuentan en voz baja, en decisiones atravesadas por el miedo y por el poder, en ese momento en el que una niña o una mujer duda si lo que está viviendo es “tan grave” como para buscar ayuda.
Se filtra en lo cotidiano: en relaciones cercanas y en dinámicas aprendidas sin cuestionarse. Por su cercanía y repetición, pasa desapercibida en muchos entornos y territorios del país.
Hace poco, en una de las habituales actividades de Profamilia con adolescentes, alguien dijo algo que dejó el ambiente suspendido: “Eso pasa, pero no es tan grave”. Nadie lo contradijo. Nadie preguntó más. Hubo acuerdo. Y ese acuerdo, casi automático, revela algo más profundo y preocupante: la violencia no siempre se reconoce como tal y, cuando se normaliza, cruza un límite peligroso: deja de percibirse como inaceptable y genera más víctimas.
Un estudio reciente de Profamilia en Cali, Medellín, Uribia y Dibulla (La Guajira), con más de 8.500 personas entre ellas 6.333 niñas, niños y adolescentes, lo confirma: más de la mitad ha vivido situaciones de violencia de género en el último año. En los hogares, seis de cada diez personas han experimentado violencia física o psicológica a lo largo de su vida. Ocurre en la casa, en el colegio, en la calle. Y, aun así, se habla poco y se denuncia menos, porque hacerlo implica miedos, dependencias e incertidumbre, que se suman a la ausencia de información, a los procesos poco claros y a una confianza limitada en las instituciones. El silencio, entonces, tiene razones.
Muchas de esas razones nacen en la infancia, en lo que se enseña sin necesariamente decirse y termina moldeando cómo entendemos las relaciones. Desde temprano se instalan ideas como que las niñas cuidan, los niños deciden; unas se adaptan, otros imponen; los celos se leen como afecto; controlar como sinónimo de proteger; aguantar, incluso cuando duele, se interpreta como madurez.
Así, la desigualdad se vuelve natural y la violencia encuentra un terreno fértil para repetirse. Por eso, cuando una adolescente duda si lo que vive es violencia, el problema ya es profundo. Cuando un docente quiere actuar y no sabe cómo, el sistema queda corto. Y cuando las rutas existen, pero se sienten lejanas, la institucionalidad pierde sentido en la vida cotidiana.
Mientras tanto, las cifras siguen creciendo.
Colombia enfrenta tasas alarmantes de feminicidios y de violencia de género, incluida la violencia sexual, que afecta de manera desproporcionada a niñas, niños y adolescentes. Cada año se acumulan miles de casos y, aun así, esas cifras se quedan cortas frente a todo lo que nunca se denuncia, a lo que no llega a registrarse, a lo que permanece en silencio.
Aun así, en medio de este panorama, hay señales que muestran que el cambio es posible. Una niñez y juventud con sueños, metas y una idea de futuro que los proyecta más allá de estas realidades. Hay instituciones educativas que buscan hacer las cosas distintas y comunidades dispuestas a cuestionarse. Hay conocimiento e información que, cuando circula, transforma la manera de entender lo que antes parecía normal.
Aprovechar esa posibilidad implica tomar decisiones todos los días: en lo que se dice, en lo que se normaliza, en lo que se cuestiona. Implica intervenir en lo cotidiano, en las conversaciones pequeñas, en los chistes, en los silencios, en esas relaciones que se perciben como normales. También implica apostar por procesos sostenidos que acerquen herramientas reales a quienes las necesitan. En esa dirección se mueven hoy iniciativas como Somos visibles: generaciones sin violencia, impulsadas por Profamilia junto al Gobierno de Canadá, que trabajan de manera integral en los territorios para que la violencia pueda ser reconocida, enfrentada y transformada.
Nada de esto empieza con el golpe o el grito. Empieza antes: en las ideas que lo justifican, en las normas que lo sostienen y en los silencios que lo rodean. Nombrarla abre el primer quiebre, hacerla visible lo amplía y actuar frente a ella la transforma.
La evidencia y las historias están sobre la mesa. La pregunta es qué debe cambiar para que deje de ser parte de lo cotidiano. Hacerla visible es una responsabilidad ética: lo que no se ve, no existe, y lo que no existe, no se transforma.
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