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“El buen profesor es el que enseña con el ejemplo de su propia vida”

Después de 51 años como docente, Juan Carlos Esguerra Portocarrero se retiró, hace pocos meses, de este ejercicio profesional en la Universidad Javeriana, su alma mater.

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“El buen profesor es el que enseña con el ejemplo de su propia vida” (esguerrajhr.com)

Foto: esguerrajhr.com

01 de Marzo de 2026

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Después de 51 años como docente, Juan Carlos Esguerra Portocarrero se retiró, hace pocos meses, de este ejercicio profesional en la Universidad Javeriana, su alma mater.

En entrevista con ÁMBITO JURÍDICO, Esguerra, quien ha desempeñado cargos tan importantes para el país en los sectores público y privado, como constituyente, ministro, embajador y empresario, entre otros, habló sobre su experiencia como docente.

ÁMBITO JURÍDICO: Terminado su ciclo como catedrático en la Universidad Javeriana, ¿podría resumirnos cómo fue esa experiencia profesional y de vida?

Juan Carlos Esguerra Portocarrero: Maravillosa, por enriquecedora, por positiva, por todo aquello que le infunde a uno la ocasión de dictar clases. Desde que era estudiante, soñé con ser profesor. Era una de las aspiraciones que tenía en mi vida. Recuerdo una vez que me preguntaron cuando viajé a EE UU a estudiar mi maestría, ¿usted qué aspira a hacer? Y yo respondí: aspiro a hacer dos cosas: ejercer la profesión de abogado y ser profesor de Derecho. En aquel entonces, ni siquiera había ejercido la profesión de abogado ni había dictado clases, pero eso era lo que quería hacer. Y, gracias a Dios, las dos cosas se me dieron más que generosamente.

Á. J.: ¿Qué destaca de la formación recibida en su alma máter de ese entonces? ¿Qué cree que marcó la diferencia o fue un valor agregado frente a otras facultades?

J. C. E. P.: Yo creo que en la facultad de entonces existía un espíritu claro de formación, que más allá de enseñarle a uno Derecho, buscaba formar buenos seres humanos, buenos profesionales y buenos abogados. Ello, gracias a la influencia que ejercía sobre profesores y alumnos el decano del Medio Universitario, o el decano de Disciplina, como se llamaba antes, el célebre padre Gabriel Giraldo. Era realmente impresionante, porque él marcaba la pauta sobre la formación. Era un ser humano maravilloso, estimulaba, incentivaba, “toreaba”, en el buen sentido de la expresión, todos los desafíos.

Esa influencia hacía de uno una persona absolutamente enamorada de su profesión, enamorada de la misión de su profesión, de la misión que le correspondía al abogado, de la tarea que podía cumplir en la vida, de la forma en que debía cumplirla, de los valores y los principios que debían orientar el ejercicio de la profesión.

Á. J.: Voy a apelar a su memoria: si le pregunto por un profesor o por un formador que recuerde, ¿qué nombres se le vienen a la cabeza?

J. C. E. P.: Varios, por ejemplo, no dudo en mencionar que el mejor profesor que tuve fue Bernardo Gaitán Mahecha, célebre penalista. Y al recordar un formador, sin duda, diría que José María Esguerra, que cumplió dos tareas en mi vida: ser mi padre y mi profesor. Era un formador de abogados y de seres humanos excepcional. Recuerdo la disciplina, el rigor que inculcaba, la pasión por el Derecho, por el estudio, por la investigación, por ir más allá de aquello a lo que estaba uno obligado. Enseñaba con verdadera pasión, además de su amor por la judicatura, que me transmitió en términos de respeto por la labor del juez.

Pero también recuerdo a Gabriel Melo Guevara y a Rodrigo Noguera Laborde, maestros en Derecho Público; a Hernando Gómez Otálora, que fue nuestro profesor de Obligaciones, quien siéndolo, lo nombraron ministro de Desarrollo y, más tarde, fue magistrado de la Corte Suprema de Justicia. También a Guillermo Ospina Fernández y a Humberto Murcia Ballén. Hubo muchos otros, que sería largo mencionar individualmente, pero cuyas personas y enseñanzas nunca olvidaré.

Á. J: En estas cinco décadas, ¿cuál considera que ha sido el cambio más importante que ha habido de la formación de los abogados?

J. C. E. P.: Por el lado de los estudiantes, me parece que hoy no hay, en el mismo grado que entonces, la mística que solía caracterizar el ingreso y el recorrido por la facultad. Hoy se vive una época menos trascendental desde el punto de vista de la mística, del nivel de compromiso. Se es más conformista, menos soñador. Por supuesto, hay muchos más instrumentos al alcance de los profesores y de los estudiantes, como internet e inteligencia artificial.

Ya no se utilizan tanto ni son tan necesarias las bibliotecas, que en nuestra época eran absolutamente indispensables. Hoy, un estudiante puede pasar varios años sin pisar una biblioteca y no por eso no tiene acceso a todo el material bibliográfico disponible. En nuestro caso, todo se aprendía en una biblioteca, se aprendía no solo a leer y a investigar en las bibliotecas, sino se le impregnaba a uno hasta el olor de una biblioteca, con todo lo que eso significaba.

Á. J: ¿Cuál es el principal reto que hoy tienen los formadores de abogados frente al uso de herramientas tecnológicas como internet y la IA?

J. C. E. P.: El reto más importante es lograr llegarles a los estudiantes, en su conjunto y a cada uno de ellos. Llegarles con los conocimientos que uno les transmite, con los valores y los principios que uno quiere inculcar en ellos y que resultan absolutamente fundamentales para el ejercicio del abogado, enamorarlos de todo lo lindo que tiene esta profesión, de todo lo espiritual y de lo intelectual.

Y para eso se necesita estudiar y no dejar de hacerlo ni un minuto, estar siempre al día, buscar la forma de acercarse al estudiante, de seducirlo en el buen sentido de la expresión, con aquello de lo que está uno hablando y está transmitiendo. En el caso de un profesor, me parece importante enseñar con el ejemplo de su propia vida. Uno no puede decir unas cosas en la universidad y hacer otras por fuera de ella. Uno tiene que ser aquello que está transmitiendo. Para los estudiantes, un profesor tiene que ser también, en el mejor sentido de la expresión, una brújula.

Á. J: ¿Y cómo se hace la diferencia ente un profesor bueno y otro no tan bueno?

J. C. E. P.: Yo creo que hay una serie de características que hacen bueno a un profesor. Que sienta pasión por lo que enseña y se le note esa pasión. Por consiguiente, como alguna vez nos enseñó el profesor argentino Agustín Gordillo, un profesor no transmite solo con las palabras, sino también debe ser un actor. Debe tener actitudes histriónicas, es decir, con sus gestos, con sus ademanes, con los ojos, con las manos, con los pies. Hay profesionales sumamente buenos, pero muy malos como profesores, porque no logran transmitir.

Á. J: Muchos hablan del alto número de abogados que hay en el país y del exceso de facultades de Derecho. ¿Eso es cierto? ¿Cómo hacer para que las facultades también sirvan como filtro que promueva a los buenos profesionales?

J. C. E. P.: Me parece que eso era más cierto hace unos años que hoy. Por lo que escucho, ha descendido la aspiración de los jóvenes por estudiar Derecho respecto de otras facultades. Desde luego que sigue existiendo el interés. ¿Y hay muchos estudiantes y facultades de Derecho? Sí, pero siguen haciendo falta abogados. Y cuando afirmo esto, me refiero a que siguen haciendo falta los abogados de cuerpo y alma, no la persona que se limita a tener un título de abogado. Un abogado debe ser un punto de referencia de la sociedad, de cosas buenas, de manera que cuando alguien diga: “ahí va un abogado”, se identifique con un profesional objeto de inspiración, infunda ejemplo y transmita cosas positivas.

Á. J: Hoy, parece que los jóvenes se inclinan más por carreras cortas o por trabajar en todo lo relacionado con el mundo digital o como creadores de contenido. ¿Cómo el Derecho puede volver a ser atractivo para las nuevas generaciones?

J. C. E. P.: Haciéndoles ver a los jóvenes ciertas características propias del Derecho que son importantísimas para todas las personas. La primera de ellas, la universalidad de la formación y del abogado mismo. Un abogado no solamente conoce códigos, leyes y reglas. Un abogado tiene que saber filosofía, mucha historia, entender economía, conocer hasta de religión. Por ejemplo, un libro de López Michelsen hablaba del calvinismo como inspirador de nuestro pensamiento jurídico, de nuestra independencia y de nuestra república, o Max Weber escribió La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

La amplitud universal del Derecho resulta fundamental paras los abogados. E, incluso, si un joven quiere ser youtuber o creador de contenido, ser un buen abogado le permitirá estar por encima del promedio de los youtubers, pues tiene unos conocimientos que los otros no tienen. Posee una cultura universal. Por eso, los programas de Derecho incluyen aún cosas que la gente a veces discute, neciamente, como la filosofía. Y preguntan: ¿cómo les van a dar clases de filosofía a los abogados? Yo pregunto mejor: ¿cómo puede haber un abogado que no haya tenido clases de filosofía?

Á. J: Si estuviéramos en presencia de un recién egresado de bachillerato que manifestara su interés por estudiar Derecho: ¿qué le diría? ¿qué le aconsejaría?

J. C. E. P.: Antes que darle consejos, le haría preguntas relacionadas con lo que quiere ser en la vida. Y le preguntaría: ¿le gustaría ser abogado? Le contaría qué es un abogado, qué debe ser un abogado, qué debe aspirar a ser un abogado, a qué debe dedicarse un abogado. Lo induciría, por ejemplo, a algo que es absolutamente crucial en todo abogado: la lectura.  Y le diría que, en esta profesión, a diferencia de otras, nunca va a dejar de estudiar y de aprender. Tiene que estar estudiando permanentemente, no sólo para estar al día en su especialidad, sino para estar abierto a las nuevas tendencias y cambios en todas las actividades del ejercicio profesional, como la judicatura, el litigio, el servicio público, etc.

Trataría de convencerlo de lo hermoso e infinito que encontrará en esta profesión y ¿sabe por qué? Porque el abogado nunca se va a aburrir, el ejercicio es una suma de cosas que producen satisfacción, que llaman la atención, que atraen profundamente; a veces es una frase, un libro, un fallo, en fin, es una profesión que siempre sorprende.

Á. J: Y entonces, ¿qué es ser un buen abogado?

J. C. E. P.: Un buen abogado es el que cree en la justicia, aspira a la justicia y procura ayudar a la causa de la justicia en cualquiera de los cientos de formas de su ejercicio. Un abogado es una buena persona, un buen ser humano, un ser de conducta ejemplar. Es un ser generoso con los demás y con sus conocimientos.

Á. J: ¿Cómo cree que lo recordarán sus alumnos?

J. C. E. P.: Difícil decirlo. Pero lo cierto es que recibo con alguna frecuencia, y me emociona mucho, la retroalimentación de quienes fueron mis alumnos y me dicen, por ejemplo, que se enamoraron del derecho administrativo o del derecho constitucional en buena medida gracias a las clases que tuvimos y a las lecturas que les sugerí. Y en esa categoría hay presidentes de altas cortes, muchas figuras públicas, que me llenan de satisfacción. 

Á. J: ¿Y cuál fue su mayor satisfacción como docente?

J. C. E. P.: Haber logrado ser parte de un proceso de aprendizaje, de un proceso de forjar sueños y buscar hacerlos realidad. A veces un profesor ayuda enormemente en eso: ayuda a que uno se forme un sueño. Por supuesto, quien tiene que lograrlo es el estudiante, pero él lo hace con herramientas que uno facilita. Esa es la mayor satisfacción de un profesor.

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