ANÁLISIS: ‘This is the way’: el mandaloriano, los mercenarios colombianos y el DIH en tiempos de galaxias en conflicto
En ‘The Mandalorian’ no hay respuestas definitivas, pero sí una virtud poderosa: usar la ficción para visibilizar los dilemas que el derecho contemporáneo todavía enfrenta.
23 de Mayo de 2026
Juan Fernando Gil Osorio
Doctor en Derecho
El 3 de mayo de 2026, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), fue presentada la obra Star Wars: DD HH y DIH, editada por Tirant Lo Blanch en articulación con la Academia Colombiana de Derecho Internacional, el Ejército Nacional y el Centro Regional de Sensibilización y Formación en DIH, una obra que propone una idea tan audaz como rigurosa al demostrar que incluso en las grandes narrativas de ciencia ficción como Star Wars, existen escenarios útiles para analizar las complejidades del Derecho Internacional Humanitario (DIH) y los derechos humanos (DD HH) en contextos de conflicto armado. Más que un ejercicio de entretenimiento académico, el libro convierte el universo creado por George Lucas, en un verdadero laboratorio jurídico, y su presentación ocurrió, casi de manera simbólica, un día antes de la celebración mundial del Star Wars Day. (Lea El triunfo de los Oscar, bajo la lupa del derecho internacional público)
El 4 de mayo y la galaxia política
El 4 de mayo de 2026 no fue un día ordinario. El llamado Star Wars Day, derivado del juego de palabras "May the 4th be with you", tuvo este año una resonancia inusual cuando la Casa Blanca publicó en sus redes sociales una imagen generada por inteligencia artificial que representaba al presidente Donald Trump caracterizado como el mandaloriano, con la bandera estadounidense y el personaje Grogu a su lado, bajo el lema “En una galaxia que exige fortaleza, Estados Unidos está listo”. La imagen, más allá de su valor anecdótico, revela algo profundo: los personajes de Star Wars ya no pertenecen únicamente a la cultura pop, son arquetipos que los líderes mundiales instrumentalizan para construir narrativas de poder, identidad y fuerza. Y pocas figuras en ese universo resultan tan jurídicamente provocadoras como Din Djarin, el mandaloriano.
El mandaloriano: el mercenario que expone las zonas grises de la guerra
El libro presentado propone una lectura inesperada y provocadora de The Mandalorian, detrás de la armadura de Din Djarin, existe un héroe de ciencia ficción y un reflejo inquietante de los conflictos jurídicos y militares del mundo actual. En el capítulo “El mandaloriano como espejo del mercenarismo contemporáneo: entre el credo guerrero y los desafíos del Derecho Internacional Humanitario”, Din Djarin actúa fuera de las estructuras estatales, trabaja por retribución económica y responde antes a un código de honor propio que, a un orden jurídico reconocido, una figura que inevitablemente remite a las discusiones sobre la definición de mercenario contenida en el artículo 47 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra.
La gran apuesta del análisis está en demostrar que estos dilemas no pertenecen a una galaxia lejana, también hacen parte de las tensiones contemporáneas y del debate colombiano sobre actores armados privados y ausencia de control efectivo.
De cara al estreno en Colombia, a finales de mayo de 2026, de The Mandalorian & Grogu, vale la pena recordar la historia que convirtió a la serie, en uno de los fenómenos recientes más importantes del universo Star Wars. Todo inicia cuando Din Djarin, un cazarrecompensas mandaloriano, encuentra durante una misión a una extraña criatura de 50 años conocida como el niño y decide protegerla en vez de entregarla; esa elección transforma por completo su destino, un mercenario que rompe el contrato para seguir su propia brújula moral. Más adelante, el pequeño recibe el nombre de Grogu y es llevado con Luke Skywalker para entrenarse como Jedi, aunque finalmente decide regresar junto a Din Djarin consolidando el vínculo entre ambos; en la tercera temporada, Grogu es reconocido formalmente como Din Grogu y se revela que sobrevivió a la orden 66 gracias al maestro Jedi Kelleran Beq.
Colombia en las trincheras del mundo real
Mientras la ficción plantea dilemas filosóficos y jurídicos sobre la guerra, la realidad colombiana los traduce en cifras contundentes, según Tymofiy Mylovanov, presidente de la Escuela de Economía de Kiev y exministro de Ucrania, miles de colombianos combaten en Ucrania, el mayor contingente extranjero, producto de décadas de experiencia en conflicto armado y lucha contra el narcotráfico.
Sin embargo, las cifras son opacas y contradictorias, pues la Cancillería solo ha registrado 577 asistencias consulares, 438 de ellas por desaparecidos en combate, evidenciando la falta de claridad sobre un fenómeno que ha llevado a medios como El País, a calificar a Colombia como “el mayor exportador mundial de mercenarios”, con connacionales también involucrados en conflictos en Rusia, Sudán, Somalia y la República Democrática del Congo.
Estos mandalorianos reales prestan servicio en la Legión Internacional, en brigadas mecanizadas, unidades de reconocimiento y equipos de drones. Junto a ellos opera el Batallón Bolívar, creado en agosto de 2023 y bautizado en honor a Simón Bolívar, que integra voluntarios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Argentina, Brasil, España y Perú. Su remuneración oscila entre los 550 dólares mensuales por servicio en retaguardia y hasta 4.800 dólares en combate activo. En agosto de 2024, Ucrania aprobó la Ley 9585, que abre un camino escalonado hacia la ciudadanía para los combatientes extranjeros: tres años de servicio otorgan residencia, luego inmigración y, finalmente, naturalización. El mayor grupo extranjero en el frente, tiene hoy un camino hacia el pasaporte ucraniano.
Sin embargo, la realidad es más compleja y oscura. Una investigación conjunta identificó a un ciudadano mexicano que se unió en marzo de 2024 con una identificación salvadoreña falsa, y también encontró a tres exmiembros de las Farc, que ingresaron con documentos panameños y venezolanos falsificados. Ucrania respondió fortaleciendo sus filtros: verificación cruzada de solicitantes con Interpol y la DEA. Polonia y Bulgaria, abrieron casos paralelos sobre empresas militares privadas que canalizan reclutas hacia la Legión.
Pero Ucrania no es el único escenario. El mapa del mercenarismo colombiano se extiende también hasta el corazón de África, y las evidencias ya no son testimoniales sino forenses. Una investigación del Conflict Insights Group (CIG) rastreó más de 50 teléfonos móviles en Sudán entre abril de 2025 y enero de 2026, cuyos operadores eran mercenarios colombianos activos, incluso en zonas controladas por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) desde donde se lanzaron drones. La red de mercenarios colombianos, respaldada supuestamente por los Emiratos Árabes Unidos, brindó apoyo crucial a los rebeldes de las RSF y permitió al grupo capturar la ciudad de El Fasher, en el oeste del país, en uno de los episodios más brutales de la peor crisis humanitaria del mundo.
‘This is the Way’: la fuerza es el Derecho
La coincidencia entre el lanzamiento de Star Wars: DD HH y DIH, la celebración del Star Wars Day y el estreno de The Mandalorian & Grogu abre una reflexión necesaria sobre preguntas que el DIH aún no resuelve con claridad: ¿cuándo un voluntario extranjero se convierte en mercenario?, ¿cómo regular actores que operan entre contratos privados y lealtades personales? y ¿qué sucede cuando la experiencia adquirida en la guerra termina alimentando estructuras criminales?
Colombia, sin embargo, ya dio un primer paso concreto: el 17 de marzo de 2026 fue sancionada la Ley 2569, que prohíbe y penaliza el mercenarismo, ratificando la Convención Internacional de las Naciones Unidas de 1989 y dotando al país de herramientas legales para investigar y sancionar el reclutamiento, financiación y entrenamiento de colombianos en conflictos armados en el extranjero.
En The Mandalorian no hay respuestas definitivas, pero sí una virtud poderosa: usar la ficción para visibilizar los dilemas que el derecho contemporáneo todavía enfrenta. Porque incluso en la galaxia, la fuerza no basta. También hacen falta reglas.
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