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Salomón Kalmanovitz

Economista e historiador

 

La historia de la banca central ha oscilado entre unos periodos de consenso y otros de incertidumbre, según Charles Goodheart, en un trabajo reciente. Entre 1870 y 1914, los bancos centrales eran pasivos, supervisaban el patrón oro y servían como prestamistas de última instancia en caso de corridas bancarias. Entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión de los años treinta, colapsa el patrón oro y no hay consenso sobre cómo combatir el desempleo y la deflación. El siguiente periodo, entre 1934 y 1970, es de predominio fiscal, inspirado en Keynes, donde los bancos centrales hacen parte de los ministerios de Hacienda; se trata de una fase de represión financiera sin mayor uso de los tipos de interés, que se mantienen bajos.

 

A partir de 1970 y hasta 1990, el mundo entra en una fase de estanflación (inflación con estancamiento), en la que se enfrentan el monetarismo de Milton Friedman y el keynesianismo. Se implementan políticas basadas en la cantidad de dinero para extirpar la inflación del sistema y políticas financieras de liberalización. Una nueva fase se inicia en 1990, en la que se introduce la independencia de los bancos centrales que se imponen metas de inflación que alcanzan mediante manipulación de sus tasas de interés. La liberación financiera contribuye a la gran recesión que se inicia en el 2007. En la fase posterior al 2008, el mundo vive una gran incertidumbre: una fuerte recesión que no se abate en Europa y que en EE UU logra mejores resultados, pero tampoco sin un gran crecimiento, acompañadas de una gran crisis financiera y deflación de precios.

 

Varios mitos se desnudaron con la crisis del 2007: primero, que la estabilidad de precios más las tasas de capital propio que debían mantener los bancos contra sus pasivos eran garantía de solvencia; en segundo lugar, que la solvencia proveería suficiente liquidez a todos los mercados, y tercero, que la disparidad en la madurez de las obligaciones financieras podía ser ignorada. Pero ya era conocida por todas las experiencias de crisis financieras del pasado que en los periodos de auge la mayor parte de los agentes (bancos y prestamistas) asumen cada vez más riesgos, se apalancan en exceso, lo que explota con la incapacidad de pago de los más osados e irresponsables. Lo que es distintivo ahora es que la tecnología bancaria se ha desarrollado tanto con transacciones y subastas de alta frecuencia que dificultan establecer medidas macro prudenciales adecuadas y eficientes.

 

Después de cada crisis y periodo de incertidumbre, se da una búsqueda de reglas que hubieran podido prevenir la crisis anterior. Surgen propuestas radicales que son remplazadas por compromisos. Así, frente a la estanflación, se propuso un monetarismo radical que fue remplazado por uno más pragmático. Con la crisis más reciente, la propuesta de dividir los bancos demasiado grandes para quebrar quedó debilitada por la Ley Dodd-Frank, que es una especie de cerca de seguridad a la que debían ser sometidos los bancos para contar con capital, solvencia y liquidez, algo que no podrá revertir fácilmente Trump con sus bufonadas. 

 

Las preguntas siguen siendo si lo que se busca es proteger a la economía de los bancos o a los bancos de la economía. En caso de una nueva crisis, y frente a la insuficiencia de las tasas de interés negativas o la compra de bonos por el banco central para superarla, se podría pensar en tirar dinero desde helicópteros.