Juan Gustavo Cobo Borda

 

Miope y patizambo, aquí está Don Francisco de Quevedo, que recibe pensión mensual de doscientos ducados por llevar el hábito de Santiago. Hábito que lo impulsó a pelearse cuando se quiso que Santa Teresa compartiera el honor de ser también patrona de España. Como lo escribió Germán Arciniegas, en su prólogo a las Obras escogidas de Quevedo (1956), este Quevedo era “arbitrario, buscapleitos, quisquilloso”. Así lo prueban ingenios de la época como Montalbán, Pacheco de Narváez y el padre Diseno, quienes publicaron un texto destinado a la Inquisición titulado Tribunal de la Justa Venganza, erigido contra los escritos de D. Francisco de Quevedo, maestro en errores, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo de todos los hombres.

 

En 1939, Pablo Neruda busca cobijo baja una ancha sombra. La de este “estudiante desdichado”, “este lunático español llamado Don Francisco de Quevedo”. Y en 1942, con más amplitud, renovará la apuesta en su Viaje al corazón de Quevedo:

 

“Están en Quevedo, como en una bodega inmensa, como en la bodega de un inmenso vestuario de teatro, todos los trajes abandonados de una época. Está allí el traje del noble duque y del bufón miserable, el traje del rey patético, del rico abusador y el rostro innumerable de la muchedumbre hambrienta que más tarde se llamará ‘el pueblo’. Las casacas bordadas de los príncipes yacen junto a la ropa marchita de las meretrices, los zapatos del buscavida, del avaro, del pretencioso, del pícaro, se confunden con las reliquias de los más ingenuos campesinos”.

 

“Pero por una ventana entra el color azul del conocimiento y he aquí que toda esta multitud grosera y lujosa, palpitante y bestial, recibe el rayo que sigue brotando aún del corazón del caballero”.

 

“Todo queda viviendo entonces en ese seco recinto, todo, todas las ideas materiales de su época. La crítica estalla por todas partes como un metal hirviente. El caballero del conocimiento, el terrible señor de la poesía, con su mano izquierda ha creado el polvoriento museo de vestuarios olvidados y con su mano derecha mantiene todavía el taladro viviente de la creación y de la destrucción”.

 

“No he de callar, por más que con el dedo,

ya tocando la boca, ya la frente,

silencio avises, o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”

 

La lengua de Dios nunca fue muda, concluirá Quevedo, quien tenía la energía iracunda de aquel que desnuda y zahiere, bien sea apoyándose en la Biblia o en los textos clásicos griegos y latinos, donde a partir de citas arma la biografía de Marco Bruto, asesino de Julio César. Pero que también podía incurrir en lo más zafio y crudo, cual pícaro callejero, cual buscón, para desmontar y abatir a sus víctimas. El rencor y la bilis son parte integral de sus humores. Tales desahogos son sanos como una sangría con sanguijuelas, tan socorridas en su tiempo.

 

¿Cuál es el núcleo problemático de la obra de Quevedo y su ríspida personalidad? Podía adular buscando destino y redactar barrocas dedicatorias a duques, validos y reyes; pero las mudanzas de la vida cortesana, y la inestable política de su tiempo, se darían vuelta en contra suya. El duque de Osuna moriría en la cárcel y también Quevedo padecería lo suyo, pero en convento y muerto de frío.

 

Borges nos ayuda a entenderlo diciéndonos cómo le ha inquietado “la extraña gloria parcial que le ha tocado en suerte a Quevedo. En los censos de nombres universales el suyo no figura”.

Fue muchos hombres: humanista erudito, traductor de Marcial, espadachín y diplomático en Italia. Redactó arduos tratados de ciencia política para aconsejar a los príncipes sobre el buen gobierno acorde con las palabras de Cristo, misógino que solo duró tres meses casado. ¿Seguimos?

 

Está también el último Quevedo, el esencial, que logra escuchar una música propia y ponerla al servicio de un amor capaz de vencer la muerte. Esa muerte que lo ronda, sin pelo ya y sin dientes, y la calavera asomando detrás de las facciones enjutas y ajadas. Ese mapa de arrugas. El tenebrista Quevedo, de ropajes fúnebres, que golpea huesos para saber si todavía tienen médula. Como Goya sabe de sombras y murciélagos, de crepúsculos inquietantes y de una España que agoniza por siglos con reinas locas y herederos alucinados. Como el pudridero del Escorial, Quevedo danza entre cadáveres, pues su vida es más fuerte que cualquier responso, más desfachatada que cualquier penitencia. Es un ávido con hambre. Un goloso de putas, eufórico al pecar y deprimido al recordar. El gran Quevedo nutre a todos los poetas.