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Antonio Vélez M.

Los faisanes, el pavo real y las aves del paraíso se cuentan entre los casos más extraordinarios de belleza natural. Estas últimas fueron conocidas en Europa apenas en el siglo XVI; su belleza causó tanta impresión, que muchos pensaron que procedían del paraíso, de ahí su nombre vulgar (recordemos que los plumajes elaborados son el resultado de la evolución sexual de las aves, con el fin de que los machos luzcan ante las hembras salud y genes de buena calidad). Cuentan que cuando el encargado de la sección de aves en el Museo Británico vio, por primera vez, uno de esos animales, se negó a aceptar que fuese un producto natural. Pensaba que se trataba de un montaje elaborado para engañarlo.

 

Un caso muy notable de estética animal nos lo proporciona el tilonorrinco. Estas aves tienen una habilidad para utilizar los colores, unas dotes arquitectónicas y un buen gusto para el ornato que, juzgados con nuestros patrones humanos, son de indudable calidad estética. Los machos reúnen todos los objetos de colores que encuentran en las vecindades y con ellos decoran sus nidos. No es raro encontrar allí flores, alas de mariposas, escarabajos de colores…

 

El canto de los pájaros ha sido estudiado con gran detalle, utilizando para ello equipo electrónico moderno. Se ha observado que la calidad musical va en aumento a medida que el animal madura, e igual ocurre durante cada estación de apareamiento, a medida que esta avanza. Es como si el ave perfeccionara, con la práctica, la ejecución musical, de acuerdo con patrones estéticos similares a los humanos, y que aquella se fuese acercando, con el ejercicio y la maduración física, a lo que los especialistas llaman música de calidad.

 

Se sabe que las aves que cantan en dueto prefieren las combinaciones consonantes a las disonantes, y la estructura polifónica de sus cantos guarda una enorme similitud con los primeros intentos del arte de la polifonía. El musicólogo Joan Hall-Graggs, refiriéndose al pájaro campana de Etiopía, que canta en dueto con su pareja, escribe así: “... sus cantos pueden parecer que contienen excesos armónicos; sin embargo, es la clase de armonía a la cual el hombre aspiró y en la cual, probablemente, Mozart alcanzó el pináculo”.

 

Apreciamos la ejecución perfecta del orfebre, del dibujante, del músico. Y a pesar de habernos habituado a un universo estético artificial, aún nos emocionamos con muchísimos aspectos del mundo natural: un arrebol, un cielo limpio, una noche estrellada, un claro de luna, un insecto de colores, la flor más simple... Sin embargo, se sabe que los juicios estéticos se pierden con la prosopagnosia o incapacidad para reconocer rostros. Un enfermo dejó de reconocer a su esposa y, a la vez, perdió la capacidad de apreciar la belleza de las flores.

 

El sicólogo evolucionista Geofrey Miller no se muestra de acuerdo con aquellos antropólogos que afirman que los estándares de belleza varían caprichosamente de una cultura a otra. Dice Miller que usualmente están estudiando los rasgos equivocados y de la manera equivocada: “Si ustedes no buscan los universales de la belleza humana correctamente, no los encontrarán”. Se sabe que los individuos de diferentes culturas difieren en sus gustos por el color de la piel, pero coinciden en que prefieren las pieles tersas y sin manchas. Las mujeres difieren en sus preferencias por la altura de los varones, pero es común que prefieran hombres más altos que ellas mismas, y encuentran a los enanos poco atractivos. Y a pesar de mostrar preferencias distintas por los rasgos faciales, la mayoría se inclina por caras simétricas. Esta inclinación hacia el promedio se llama coinofilia, y forma parte de los universales humanos.

 

El arte del siglo veinte introdujo códigos estéticos arbitrarios: la música atonal; la música concreta (confeccionada a partir de ruidos); el dadaísmo, con su irrespeto a los valores consagrados; el “Kitsch” o elevación del mal gusto a la categoría de arte; la frialdad estética del abstraccionismo; la fugacidad chocante del arte no objetual y multitud  de extravagantes y revolucionarias escuelas de arte, música y literatura que han tratado de echar por el suelo todo los estándares establecidos nos demuestran la inmensa variabilidad y arbitrariedad que el influjo cultural puede crear en el establecimiento de los patrones estéticos. Y se imponen, y logran parecer importantes, pero nunca bellos.