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Antonio Vélez M.

 

Las formas y los colores de las flores no son gratuitos, ni caprichos de la naturaleza. Esa inmensa labor artística tiene una función adaptativa: atraer insectos y otros animales indispensables en la polinización, y hacer que los humanos las protejamos. La forma y colorido de los plumajes de las aves tampoco son arbitrariedades de natura: sirven para atraer y seducir a las parejas. Y lo mismo puede decirse del colorido de peces y mariposas. Todos son esfuerzos estéticos de la naturaleza con una función darwiniana en común: incrementar la eficacia reproductiva.

 

Lo extraño de todo eso es la perfecta coincidencia entre los patrones estéticos innatos del hombre y aquellos de los animales. No puede ser una feliz coincidencia que a todos los humanos nos parezcan hermosas las flores, y que con los mismos argumentos estéticos las plantas logren atraer los insectos polinizadores, que nos deslumbre la belleza inefable de las mariposas hasta el punto de coleccionarlas como joyas preciosas, que nos asombre el colorido de los plumajes de las aves y nos maravillen los colores fosforescentes de los peces coralinos, que coleccionemos conchas marinas como objetos bellos…

 

Se acepta que el efecto cultural es el mayor determinante del conjunto de patrones estéticos humanos; sin embargo, es necesario admitir que no todos esos patrones son tan arbitrarios y relativos como muchos han creído. Nosotros poseemos una inclinación innata a reaccionar estéticamente ante lo vistoso, proporcionado, simétrico e improbable. Es universal el placer por lo estructurado en patrones bien definidos: los motivos rítmicos repetitivos y los objetos refulgentes y brillantes se observan en todas las culturas conocidas. No es de extrañar, por tanto, que la naturaleza haya inspirado siempre a poetas, músicos y artistas.

No olvidemos que nuestro genoma fue modelado por la misma naturaleza a imagen y semejanza suya, con la intención de interpretarla acertadamente. Y parte de esta interpretación correcta consiste en diferenciar y separar lo bueno de lo malo, lo sano de lo enfermo, lo fresco de lo rancio. La vista, el olfato, el oído, el tacto y el gusto tienen que integrar sus criterios para que las selecciones sean correctas; para que el acople entre organismo y naturaleza sea lo más perfecto posible; para que resuene con lo bello, lo sano, lo limpio, lo ordenado, lo apetitoso y saludable, y disuene con lo marchito, lo feo, lo sucio, lo irregular, lo desordenado, lo descompuesto y lo poco apetitoso; para protegernos y para que protejamos el medio que nos rodea. La emoción estética producida en nosotros por las cosas de la naturaleza podría estar trabajando muy bien silenciosamente para que nos constituyamos en sus guardianes permanentes.

 

No parece atrevido afirmar que la vejez, con sus inevitables miserias, sea considerada fea en todas las culturas, sin importar para nada los patrones estéticos dominantes. Un universal cultural. Las arrugas, las manchas de la piel, el deterioro de los dientes, la flacidez de los tejidos, las várices, la calvicie, la celulitis… son características asociadas indisolublemente con la edad, y que casi todos los humanos normales consideramos antiestéticas. Por tal motivo, el hecho de envejecer -la humillación de envejecer, para Jorge Luis Borges- se convierte en la más dolorosa tragedia para las estrellas del espectáculo y demás caras bonitas.

 

En todas las edades, el acné y un amplio conjunto de enfermedades de la piel, además de ser muy desagradables a la vista, son reconocidamente antiestéticas. Las deformaciones físicas severas y todas las enfermedades que nos deterioran el aspecto físico llevan igualmente asociadas el calificativo de antiestéticas, llegando, en no pocas ocasiones, a producir verdadero rechazo social.

Parece lógico admitir la existencia de una sintonía especial de nuestros circuitos neuronales perceptivos a lo que esté sano, fresco, ordenado... Y es que, obviamente, resulta ventajoso manifestar esas preferencias; sin embargo, la moda, en muchos de sus aspectos, y con su casi absoluta arbitrariedad y su eterna y permanente variación, demuestra que también es posible modificar los criterios para juzgar lo estético y lo antiestético. Quizá nos tranquiliza el estar a la moda, o nos hace sentir orgullosamente osados, si esta es muy atrevida. No olvidemos que somos seres gregarios, que tenemos la necesidad de subir de estatus.