Nicolás Parra Herrera

n.parra24@uniandes.edu.co 

@nicolasparrah

 

La reflexión siempre viene después de los hechos. Es necesariamente un momento posterior al shock inicial que produce el encuentro violento con la experiencia. Los seres humanos necesitamos distancia y tiempo para reflexionar sobre las tragedias. Por eso, me he tomado un tiempo prudencial para escribir sobre el accidente del pasado 28 de noviembre del 2016, en el que el vuelo 2933 de Lamia que transportaba al Chapecoense -un equipo que había transformado el fútbol brasileño- se quedó sin gasolina y colapsó en el Cerro Gordo, al pie de la capital antioqueña.

 

Lo impredecible es más doloroso justamente por la premura de los hechos, porque tenemos que soportar los golpes de la experiencia antes de tiempo, sin estar preparados para ellos. Pero en este caso, además de la impredecibilidad que envuelve todo accidente fatal, existía un sueño y una comunidad que quedó fraccionada y con una ruptura eterna. Albert Camus escribió, en un texto titulado Lo que le debo al fútbol, que su mayor conocimiento sobre las obligaciones y la moral se lo debe exclusivamente al fútbol. Esta idea de Camus resonaba en mi cabeza sin cesar, mientras iba viendo cómo la tragedia del Chapecoense adquirió unos matices de solidaridad, compasión y memoria inusitados y descubría una noción de comunidad que muchas veces permanece oculta.

 

A la postre lo que entendí y viví viendo el desenlace de la tragedia del Chapecoense es lo mucho que tiene el fútbol para enseñarnos a los fanáticos y a los incrédulos. La noción del fútbol se ha limitado injustamente a un juego donde hay exceso de pasiones y una identidad de los aficionados únicamente con una camiseta, pues cuando a un jugador lo transfieren de un club a otro, la afición no simpatiza con él, por el solo hecho de haber cambiado su equipo. Esta aproximación reduccionista del fútbol también lo percibe como una especie de guerra controlada, un juego polémico en el sentido griego y literal del término polemos (guerra). Sin embargo, oyendo las palabras de José Serra, el canciller de Brasil, no es difícil darse cuenta de que el fútbol es mucho más que eso, que a lo mejor Villoro no estaba tan desatinado cuando reverencialmente dijo: Dios es redondo. Sierra culminó su discurso de agradecimiento diciendo: “Más allá de la tragedia, las innumerables expresiones de cariño son testigo de la importancia de la nobleza del deporte como catalizador de los mejores sentimientos humanos, como arma para combatir la intolerancia, como instrumento para construir un mundo mejor”.

 

¿Cuál es entonces la lección del fútbol? Hace un tiempo, Rodrigo Uprimny, en una columna en El Espectador, nos recordó que el fútbol nos enseña tres cosas: (i) la importancia de seguir las reglas comúnmente aceptadas, (ii) la necesidad de actuar con solidaridad y colectivamente para triunfar y (iii) que la vida es una mezcla de pasión y esperanza, de entusiasmo y realismo. Creo que, ante la tragedia del Chapecoense, esta lista de Uprimny se queda corta, pues el fútbol también nos puede enseñar, como lo intuía Camus, sobre las obligaciones morales que tenemos frente a los otros y nos muestra una manera innovadora para conciliar nuestras diferencias, un espacio donde nos olvidamos de nosotros como individuos y nos pensamos como colectividad. El fútbol nos enseña que se puede construir un mundo mejor, donde renunciemos a la gloria personal, por la solidaridad con el otro, así como Atlético Nacional renunció a la Copa Sudamericana para que el Chapecoense fuese coronado campeón (y aclaro que no soy hincha del club verdolaga).

 

Pocas veces presenciamos ese momento en el que los seres humanos renuncian a su gloria, a su placer, a su posición en el mundo por el otro, y eso fue exactamente lo que sucedió con la tragedia del Chapecoense. El fútbol, cuando se vive de verdad, es un instrumento para el cambio social, y cuando los aficionados asumen un punto de vista más colectivo que el de su propio equipo, nos enseña que los seres humanos somos capaces de sacrificarnos por el otro, de ponernos en los zapatos del otro y darnos cuenta que, aunque es importante ganar, la lección política del fútbol consiste en proteger ese espacio compartido en el que los rivales a veces pueden reconciliarse.

 

Los que no somos aficionados del Chapecoense sentimos compasión y solidaridad, porque nos preguntamos ¿qué significa ser parte de una comunidad que dejó de existir tal como la conocemos? Ese pensamiento abismal que vivieron los miembros de la comunidad futbolística resultó en un homenaje y en un grito silencioso en el que los hinchas de otros equipos parecían decir a los aficionados del Chapecoense: tranquilos, ustedes no están solos, ustedes hacen parte de nuestra comunidad y reconstruiremos su mundo y su equipo para honrar el deporte que tanto amamos.