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Antonio Vélez M.

 

El cabello es un adorno que nos causa bienestar social, pero es muy sensible al cuidado y al paso de los años, lo que nos invita a conocerlo mejor. Al deteriorarse, el espejo nos informa que no puede mentirnos, y nos atormenta, y estamos dispuestos a pagar buenas sumas de dinero con el fin de mejorarlo. Los laboratorios de productos capilares viven de esas angustias.

 

La abundancia de cabello sano es muy apreciada por casi todo el mundo. Se sabe que cada cabello nace, crece y muere, para repetir esta operación hasta la muerte del folículo piloso que lo sustenta. Si estos ciclos ocurrieran de forma sincrónica, habría ciertos periodos de la vida en que estaríamos con la cabeza completamente pelada; pero la naturaleza es considerada y sabia, y no nos deja desprotegidos, gracias a que los pelos comienzan su desarrollo en periodos distintos, de tal suerte que si los hay, la cabeza se mantiene siempre recubierta de ellos, todos en distintos momentos de su ciclo vital.

 

Antes de hacer cuentas detalladas, merece la pena mirar más de cerca los tipos de cabellos existentes. Las rubias poseen el cabello más fino y delicado, pero lo compensan teniendo una cantidad ligeramente superior a la media, habitualmente alrededor de 140.000. Las morenas tienen apenas unos 110.000, mientras que las pelirrojas, solo unos 90.000, pero más gruesos.

 

Cada folículo piloso entra en la fase de crecimiento que dura de tres a cinco años, luego llega el periodo de descanso, unos tres meses, para luego ir a parar al piso. Ahora bien, como no todos los ciclos ocurren simultáneamente, mientras unos pelos están en crecimiento, otros están cayéndose, así que en todo momento, el 10 % de los folículos que aún permanecen vivos están en la fase de descanso, repartidos uniformemente por todo el cuero cabelludo. Se estima que en una persona sana se mueren cerca de 3.000 cabellos cada mes.

 

Aceptando los valores anteriores, ¿cuánto tiempo en promedio dura un pelo? Partamos de una situación inicial en la que haya 140.000. El primer mes ruedan por el suelo 3.000, a los dos meses serán 6.000, y en el primer año 36.000 habrán pasado al basurero. Para que les llegue el turno a todos los pelos se requieren, entonces, unos 47 meses (140.000/3.000), es decir, cerca de cuatro años. Es claro que el último en caerse será aquel que al comenzar las cuentas era el más reciente, que, podemos suponer, en ese momento tenía un día de haber brotado. En conclusión, el promedio de vida de un pelo de la cabeza es de unos cuatro años.

 

Normalmente, cada cabello crece durante un periodo máximo de seis años; luego entra en una fase de descanso de tres meses antes de caerse. En un momento cualquiera, el 90 % de los cabellos está creciendo activo, mientras que el 10 % está en descanso. Por tanto, en una vida humana promedia, en cada bulbo piloso crecen 12 cabellos, uno detrás de otro. A diferencia de otros mamíferos, los humanos no tenemos mudas estacionales, y nuestro cuero cabelludo tiene el mismo espesor en todas las estaciones.

 

Cada cabello brota de una cavidad diminuta en la piel, llamada folículo piloso, sitio donde también se hallan los melanocitos, encargados de darle al pelo su color. Al lado del folículo está situado el músculo erector que, al contraerse, produce la elevación del pelo. Al sentir miedo u otra emoción fuerte, se contrae el músculo y nos erizamos con el fin de aparentar ser más grandes y robustos, vestigios de la época salvaje en que aún éramos monos peludos. 

 

Con la edad, los melanocitos se agotan y dejan de trabajar, por lo que el pelo se torna blanco, señal de vejez, pero que también nos das cierto aire de sabiduría y autoridad. Sansón dizque perdió su pelo y con ello su fuerza. Es entendible esa afirmación, pues al envejecer se nos cae el pelo y, a la vez, pero independientemente, perdemos la fuerza.

 

La calvicie, en general, ocurre porque el folículo piloso se encoge, produce un cabello más corto y más delgado, hasta que muere. Pero nos queda una esperanza: los folículos permanecen vivos, lo cual sugiere que existe la posibilidad de lograr el crecimiento de un nuevo cabello. Hay un hecho para destacar: en la larga lista de curaciones milagrosas nunca un calvo ha recuperado de sopetón su cabellera, de allí que, en ningún santuario, nadie ha dejado una peluca, pero sí muletas. Parece que para el calvo solo hay un camino: la santa resignación.