Antonio Vélez M.

 

Una debilidad humana bien protuberante es la tendencia a transferir nuestra imagen a todo lo que ideamos, a pensar todo a imagen y semejanza nuestra, esto es, nos consideramos la medida exacta de todas las cosas. Las anatomías de los extraterrestres, para aquellos devotos de los ovnis que han sido abducidos, son deformaciones pueriles de las nuestras, y los sistemas de comunicación que utilizan los extraños visitantes son compatibles con los nuestros, algo descartable a primera vista por improbable. Las divinidades tienen figuras y sexos como las de los humanos, además de exhibir comportamientos completamente antropomorfizados: son vengativas, amenazan, castigan y premian, demandan obediencia, respeto, y adoración y loas, como cualquier reyezuelo barato. Y si somos buenos, en recompensa nos aman.

 

Una característica desconsoladora de nuestro mecanismo dual de aceptación y conservación es que la razón, aun en la madurez plena, es inoperante cuando de modificar lo aprendido en la niñez se trata. El antropólogo y criminólogo italiano Cesare Lombroso pensaba que somos gobernados por leyes silenciosas que nunca dejan de operar y que dirigen a la sociedad con más autoridad que las leyes insertadas en nuestros códigos. De allí que, salvo las inevitables y escasas excepciones confirmatorias de la regla, no importa si lo que creemos encierra o no contradicciones, si es ingenuo e infantil, si es completamente irracional, si raya en lo fantástico, o si está o no en desacuerdo con otros conocimientos ya aceptados. El aparato neurológico que proporciona estabilidad al conocimiento temprano es prelógico; esto es, procede de antiguas épocas, más puras y cristalinas, cuando no se conocía la mentira ni se habían descubierto la falsedad y la charlatanería, por lo que la duda era un rodeo dispendioso e innecesario. Por eso yace en capas inaccesibles para la reciente y lógica corteza cerebral, residencia de la razón. El sociólogo italiano Wilfredo Pareto lo sabía muy bien: “El hombre es ilógico en buena parte. La teología, la metafísica, el socialismo, el sufragio universal... son irracionales pues son el fruto de la fe y del sentimiento, no del razonamiento y la experiencia”.

 

El respeto a la tradición, también irracional, no se presenta solo en el campo de las ideas religiosas: en el mundo de la ciencia ocurre algo similar. Cada vez que la comunidad de especialistas ha recibido una teoría nueva, la primera respuesta ha sido de rechazo, con disonantes calificativos contra sus creadores. La razón tampoco opera aquí, a pesar de tratarse de los hombres que el mundo considera más razonables. La verdad, y la historia de la ciencia lo pueden confirmar, es que, con una frecuencia más alta de la deseada, hubo que esperar a que todos los científicos de una generación desaparecieran para que una nueva teoría entrara a remplazar la vigente. Ahora sabemos por qué, cree Eduard Puncet: “La transferencia del conocimiento nuevo requiere materia cerebral, actividad mental, alma, pasado, memoria, pero, sobre todo, nuevas maneras de mirar las cosas y los temas antiguos”. Requiere cerebros jóvenes.

 

La credibilidad guarda proporcionalidad directa con la autoridad y prestigio de la fuente; esto es, con su nivel jerárquico. “Sugestión del prestigio”, se llama este sesgo cognitivo. Cuando se discute, se utilizan con frecuencia los argumentos de autoridad para apoyar el pensamiento propio. Mientras más importantes sean las autoridades invocadas, más sólidos parecerán nuestros argumentos. Portamos un desmedido respeto por la tradición, impuesta por la autoridad, todo ello acompañado de un precario espíritu de observación y experimentación.

 

Beethoven decía: “No confíes tu secreto ni al más íntimo amigo; no podrías pedirle discreción si tú mismo no la has tenido”. Pues bien, casi todo el mundo desatiende al genio de Bonn, porque los humanos somos incapaces de guardar “celosamente” un secreto, sesgo muy humano. La verdad es que, al ser animales sociales por excelencia, somos tal vez demasiado “comunicativos”, y un “buen secreto” se nos hace agua en la boca y termina por derramársenos. Pronto se lo vertimos a alguien con la advertencia muy seria de que debe conservarlo en secreto. Cervantes se burlaba: “Necio y muy necio es el que, descubriendo un secreto a otro, le pide encarecidamente que lo calle”.