Juan Gustavo Cobo Borda

 

Un nieto recuerda a su abuelo. Un abuelo ateo que era hijo de uno de los rabinos más importantes de Europa, que vivió su infancia y adolescencia en Rusia. Luego emigró a Londres, en donde descubrió los escritos de Karl Marx y escribió en compañía de un amigo su único libro: un libro sobre Marx o, más precisamente, sobre la Primera Internacional.

 

Solo medía un metro cincuenta y alguien lo describió como un gnomo ruso. Pero su pasión eran los libros. Libros para mantener viva la tradición. Para vencer al fuego y mantener alerta a la memoria. Por ello alcanzó a reunir veinte mil libros en su casa de Londres.

 

La mitad correspondía a su interés por el marxismo, el socialismo e, incluso, su fidelidad al Partido Comunista, hasta cuando rompió con este por los excesos criminales de Stalin. La segunda parte de su impresionante colección tiene que ver, en general, con la religión judía, el yidis, libros sagrados, música y diáspora.

 

Pero la importancia de la casa era su hospitalidad. Que manejaba su esposa, Miriam, con su prodigalidad y acierto gastronómico: pato asado, sopa de pollo saturada de sal, arenques en salmuera, pan de centeno, bizcochos borrachos y salsas espesas.

 

El compulsivo comprador de libros hizo que su casa del norte de Londres (número 5 de Hillway, Highgate) llegara a tener más de 10 toneladas de libros y recibiera en visitas y tertulias únicas a Isaiah Berlin, Eric Hobsbawm, Perry Anderson y a la izquierda intelectual inglesa.

 

De joven había manejado una librería y ahora su casa se desbordaba sobre sí misma en cartas, revistas, periódicos únicos y manuscritos de Turquéniev. Porque él también había sido evaluador destacado de la casa de subastas Sotheby’s, en el rubro de manuscritos.

 

Pero este profesor universitario (sin títulos) podía dar las más eruditas y amenas charlas sobre cualquier tema de su especialidad, gracias a esa memoria fotográfica que en su casa-cueva, entre reproducciones de Chagall y El Guernica, sabía que había detrás de cada hilera de volúmenes y en qué sobre de qué cajón se escondía el ansiado tesoro.

 

Ese círculo de judíos comunistas inmigrantes de primera generación de Europa del Este tenía antecedentes clásicos como Maimónides y Spinoza y, luego, se enriquecería con Heine, Rosa Luxemburgo, Trotski y Freud.

 

Chimen y Mimi, los abuelos, son vistos entonces por su nieto, Sasha Abramsky, dentro de ese marco de la Torá y la pascua judía, la comida kosher y la amplitud mental de un hombre que sabía hebreo clásico, medieval y moderno, inglés, dominio de ruso, yidis y alemán. Lecturas fluidas de las demás lenguas eslavas y del francés.

 

Toda la cultura europea reunida en una sola cabeza y una casa de veinte mil libros, revivida en este texto tan grato, erudito como entrañable.