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Juan Gustavo Cobo Borda

 

La reunión de toda la poesía de Gonzalo Rojas (Chile, 1916-2011), titulada Íntegra, preparada y anotada con tino por Fabienne Bradu (México, Fondo de Cultura Económica, 2012) es, por supuesto, excesiva, pero tanto las caídas como los aciertos, las repeticiones como los hallazgos, muestran su forma de operar, su expansión y su retraimiento en círculos breves o anchos según el motivo.

 

El tono no cambia. Es una música que intenta ser seca y cortante, pero se le escapa involuntaria, siempre visualmente exaltada en pos de la mujer que pasa, pies, talón, pierna, silueta, nuca y perfume, con mucho de voyerista y de hombre viejo que se reafirma en las palabras para sostener la energía del deseo. Muchas son prostitutas o puti-doncellas, en guiño a Quevedo, pero muchas otras son catedráticas de universidad, donde llevan su errancia de Chile a la RDA, de Caracas a Utah (EE UU), donde estuvo casi medio siglo enseñando lo que no aprendió, como teoría literaria, según confiesa.

 

Hay otra secuencia que abarca lo familiar: abuelas, tías, padre y madre, hermanos, dos esposas y dos hijos, a quienes enviará cumplidamente copia de sus poemas cuando está en el exterior, exiliado por la caída de Allende, en cuyo régimen sirvió como diplomático.

 

En esta poesía, como el título de su segundo libro Contra la muerte (1964), la elegía se afila en diatriba para vencer lo intolerable. Pero lo significativo en que esa Metamorfosis de lo mismo (2000) está acompañada invariablemente por lecturas y citas que incorporan desde Ovidio a Celan, de Borges a Rulfo, en una asimilación de la tradición occidental, reconocida y fabulada una y otra vez.

 

El libro del buen amor está tan vigente como San Juan de la Cruz, retocados y, en ocasiones, erotizados con humor y desparpajo. También Breton y sus colegas chilenos asoman. Pero la cordillera y el carbón, los mineros, la nieve y el oxígeno de las cumbres serán algunos de sus signos geológicos donde se entrecruzan también los ríos, la costa y el desierto, rubricado por la tinta, tajado el paisaje por la palabra que musicaliza lo inerte y dibuja, esquemático y revelador como un niño, los animales de su imaginación vueltos memorias y finas líneas perdurables.

 

Gonzalo Rojas plantea su tarea que puede ir del repudio crítico de la represión militar en su país hasta la libérrima exultación del placer y la indistinción polimorfa de los cuerpos en la arena de la androginia, en la foto instantánea donde ya hay solo piel y sudor. En esa libertad el cantar, desde el origen, como en sus tantas veces reeditado poema ¿Qué se ama cuando se ama? o en aquel otro escenificado en Cádiz, Quedeshím Quedeshóth, donde al acostarse con una fenicia, cortesana del templo, se remonta a la imantación original, al aceite primordial de la primera unión.

 

El volcán y el sosiego, el rigor y el libertinaje, los clásicos de Grecia, Roma y España y el pie descalzo, en tierra, palpando polvo y piedra, sosteniéndose en el habla cotidiana, en los dichos de humor y broma. El juego con la palabra no termina y Gonzalo Rojas le llevará sus primicias, como ofrenda, a Gabriela Mistral. La música sigue.