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Antonio Vélez M.

 

Jean-Jacques Rousseau, en Emilio o De la educación, afirma sin contemplaciones: “Dios hace todas las cosas buenas: el hombre interfiere con ellas y las vuelve malas”. Los calvinistas se van al extremo opuesto: la naturaleza humana es radicalmente corrupta, y no hay redención para ninguno hasta matar esa naturaleza humana junto con él. Somos un ángel sin alas y un demonio sin cachos, un animal social con doble identidad, cuyo desarrollo moral debe tanto a su constitución biológica como a su cultura.

 

El enfoque evolutivo permite explicar de manera elemental la aparición de los pecados mencionados, ya que la mayoría de ellos proporcionan ventajas al individuo. El biólogo británico J. B. S. Haldane dijo alguna vez que hay dos razones para que los humanos no nos convirtamos en ángeles: la imperfección moral y el plan corporal, que no permite acomodar al mismo tiempo dos brazos y dos alas. Sin embargo, también se pueden explicar algunas virtudes, de esas que en ocasiones se contraponen a los pecados. No hay en esto contradicción, pues así como en ciertos momentos y oportunidades de la vida cedemos a los impulsos negativos, en otras, y de manera espontánea, nos comportamos virtuosamente. En ciertos momentos somos egoístas sin corazón, y en otros nos compadecemos y damos un poco al vecino necesitado. Porque la mente humana es un complejo de partes, no siempre en armonía, aunque la consciencia sabe cómo arreglárselas para conciliar lo inconciliable: unas partes responden a los impulsos más primitivos; otras, más educadas, se muestran razonables. En cada persona coexisten las dos personalidades, en lucha permanente. Pero la buena casi nunca gana.

 

Y es justamente el balance entre las acciones buenas y malas lo que nos permite calificar la moralidad de un sujeto. La selección sexual nos permite explicar de manera natural la aparición de la bondad, la simpatía, la honestidad, la calidad de ser agradable, la fidelidad sexual, el ser buen padre, la generosidad caritativa, la magnanimidad, la responsabilidad y el altruismo desinteresado, pues son virtudes que adornan y hacen de la persona una pareja atractiva; por tanto, en ciertas circunstancias se traducen en beneficios biológicos, reproductivos. En otras personas, el comportamiento virtuoso busca un interés, pero en el más allá: ganar puntos para el cielo. Sin embargo, han existido santos auténticos, no por los milagros que supuestamente realizan, sino por sus vidas ejemplares. Pero como son bichos raros, verdaderas excepciones, situados en la cola superior de la bondad en la curva de campana de Gauss, no nos sirven para juzgar el promedio de la raza humana.

 

Michel de Montaigne decía, con la sinceridad que siempre lo acompañó, que “poseía todos los vicios, y que si alguna virtud se descubría en él, con seguridad se le había introducido furtivamente”. Poco creía el escritor en la parte angelical del hombre. Sin embargo, en el Homo sapiens lo bueno y lo malo son hermanos siameses. Por eso tenemos que aceptar este axioma: la evolución produce todas las virtudes y pecados que resulten rentables para el individuo. Somos una mezcla inevitable de bueno y malo, o como escribe Alexander Solzhenitsyn en el Archipielago Gulag, la línea que divide el bien del mal pasa a través del corazón de todos los seres humanos. Es decir, todos llevamos en el alma un doctor Jekyll, equilibrado, racional, pero que a la menor oportunidad se transforma en todo lo contrario, en Mr. Hyde.

 

Digámoslo con toda franqueza: no estamos diseñados por natura para seguir el camino pedregoso de la santidad. Estamos diseñados, sí, para no importarnos demasiado la felicidad de los otros, excepto en aquellos casos en que, durante el pasado evolutivo, beneficiaron nuestros genes: los parientes cercanos, por ejemplo. Y mientras más cercanos sean estos, más nos alegramos de sus alegrías, y más bienes terrenales somos capaces de compartir. Y en esto es muy importante el ejemplo recibido durante la niñez, y la educación.