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Fernando Ávila

feravila@cable.net.co

Fundación Redacción

 

¿Ha oído usted hablar de Nebrija?

 

No, nunca, o sí, tal vez, por una universidad madrileña que lleva ese nombre, y donde muchos colombianos han obtenido su doctorado…, bueno, muchos de los pocos que han accedido a tan alto título académico.

 

Ah, y también figura por ahí Nebrija en una colección de libros de la Real Academia Española, Nebrija y Bello. Se llama así en homenaje a Antonio de Nebrija, español, y a Andrés Bello, americano, dedicados ambos a la gramática española. Andrés Bello (1781-1865) creó los nombres sencillos de los distintos tiempos verbales, tal como mi generación los aprendió, pretérito, copretérito, pospretérito, que la Real Academia llama complicadamente pretérito perfecto simple, pretérito imperfecto, condicional simple, por no hablar del nunca entendido pluscuamperfecto.

 

Nebrija, pues, para resolver la charada de inicio, es nada más ni nada menos que el autor de la primera gramática de nuestra lengua. Cualquier filólogo escribe hoy una gramática del idioma español, con solo consultar páginas de Google, pero lo que hizo Nebrija fue escribir la primera, y sin Google. Un trabajo descomunal. ¡Y una audacia!, pues, cuando en su época se hablaba de gramática, se hablaba de latín y griego, no de una de las lenguas del vulgo, como lo era el idioma de Castilla.

 

Nuestro personaje nació en Lebrija, Sevilla, en 1441, y fue bautizado como Antonio Martínez de Cala y Xarava. Fue alumno de grandes maestros en la Universidad de Salamanca, y a los 19 años viajó a Italia, donde permaneció una década estudiando en Bolonia teología y latín. A su regreso a España adoptó el nombre de Elio, por lo que comúnmente se lo recuerda como Elio Antonio de Nebrija.

 

En 1492, Nebrija publicó su Gramática castellana. El libro se divide en cuatro partes, la primera, dedicada a la ortografía; la segunda, a la prosodia, que no es otra cosa que pronunciación, lectura, declamación, oratoria, hoy tan desestimadas; la tercera, a la etimología, que es el origen de las palabras, y la cuarta, a la sintaxis, que es la construcción de frases y párrafos y su adecuada puntuación.

 

Antes de Nebrija hubo quienes publicaron normas ortográficas, entre ellos, el rey Alfonso X (1221-1284), llamado el Sabio, justamente por su aporte a la normalización del idioma, pero nadie había emprendido una iniciativa de la trascendencia de la obra de Nebrija.

 

Tan insólito fue escribir una gramática castellana, que cuando Nebrija le entregó en propia mano un ejemplar a la reina Isabel de Castilla, en la primavera de 1492, la reina le preguntó para qué servía esa obra. Nebrija, confundido por la obviedad y pertinencia de su trabajo de treinta años de investigación y escritura, no atinó a contestarle. Fue cuando intervino en la conversación el obispo de Ávila, y le dijo a la reina, para su complacencia, que ese libro serviría para enseñarles su idioma a los habitantes de las tierras que pronto se conquistarían. Cuatro meses más tarde zarparon de Palos de la Frontera la Pinta, la Niña y la Santamaría, que llegaron el 12 de octubre de ese año a las tierras donde, según veía el obispo, tendría mayor aplicación el trabajo de Nebrija. 

 

Nebrija fue, además, impresor. A él se debe la llegada de la primera imprenta a Salamanca. La mayoría de los libros que en ella se publicaron fueron escritos por él, de los que dos son incunables, pues fueron publicados antes de la Pascua de 1501, fecha en la que termina la era de los incunables, o primeros (‘de cuna’) libros impresos. Por si fuera poco, Nebrija también es pionero de los derechos de autor, ya que cobró los suyos mucho antes de que tal costumbre fuera legislada y se convirtiera en práctica mercantil habitual.

 

Nebrija murió el 5 de julio de 1522, en Alcalá de Henares.  Su hijo y su nieto fueron impresores en la calle de Libreros, en Salamanca.