Juan Gustavo Cobo Borda

 

Un padre espiritista. Un primo fotógrafo: Melitón Rodríguez. Otro pariente: el pintor Francisco Antonio Cano. Hermanas, una de las cuales también era médium. Y ella, María de los Ángeles, lectora perpetua, a quien le fascinaba El libro de la naturaleza, de Ralph Waldo Emerson. Y, claro está, los poemas de José Asunción Silva.

 

A la muerte de sus padres, tres mujeres solas en una misma casa, en la Medellín de 1910. María Cano había nacido el 12 de agosto de 1887. El primo de su papá, Fidel Cano, funda El Espectador, varias veces clausurado por el régimen conservador y su lectura declarada “pecado mortal”, por el obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo.

 

Un libro sobre el sueco Swedenborg, quien conversaba con los ángeles; Madame Blavatsky y el Zohar eran otras de las referencias, además de las conocidas mesas parlantes que permiten comunicarse con sus padres muertos. Tal es la atmósfera de sus primeros años.

 

También el sorprendente crecimiento de la Medellín cuya población, entre 1905 y 1928, pasó de 54.093 a 120.044 habitantes, y barrios como Guayaquil se transforman y se pueblan de proletarios. Pero también la cultura se hace visible en el grupo de las Panidas, con León de Greiff, a la cabeza, y el poeta Abel Farina, que María admiraría y que sería su mentor. Fue en ese clima que comenzó a convocar tertulias en su casa, en donde asistirían figuras como Efe Gómez. También su primo Tomás Uribe Márquez, quien había viajado por Europa y había estado en el México revolucionario, le hablaría de Proudhon y el socialismo.

 

En 1920, el gran cronista Luis Tejada, primo de María, llega a vivir en su casa. Otro mundo se abre, contándole de mujeres que hacen huelgas en Bello y paralizan la compañía de Tejidos Medellín. Ganan la huelga y es atendido el pliego de peticiones. También el juicio a los asesinos de Rafael Uribe Uribe será otro motivo de reflexiones. Empezará a escribir en periódicos minoritarios y le quedará grabado lo que un grupo de trabajadores, “los luchadores”, proclaman: “ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de sueño”.

 

Empezará entonces su vida activa, de militante de la cultura y la política proponiendo una pequeña biblioteca pública para obreros y obreras, donde ella misma les lee de Rodó a Zola. En 1925, es candidata a la Flor del Trabajo, que ganará y pasa de escribir a pronunciar vehementes discursos en la plaza pública. Muchos la siguen.

 

Se lanza entonces a recorrer el país: en Barrancabermeja, la huelga de los trabajadores del petróleo; en Remedios y Segovia, los mineros de la compañía inglesa Frontino and Bolivia Gold Company, donde cuatro días a lomo de mula serían necesarios para llegar. De ahí en adelante congresos, alianzas y la fundación del Partido Socialista Universitario, que buscará adherirse a la Internacional Comunista. También la huelga en Santa Marta de la United Fruit la verá actuar.

 

En esos ambientes conocerá a un hombre casado con un hijo, Ignacio Torres Giraldo, que será su pasión y su desdicha, en una relación dramática que Beatriz Helena Robledo documenta con valiosa información, como todo el libro. Allí también está presente el estalinismo que Giraldo conoce en Rusia y que en Colombia se volverá divisiones, juicios y purgas. Un libro que atrapa, en torno a una mujer que ve caer sus sueños, pero renace auténtica en estas páginas válidas.