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Daniel Raisbeck

 

Menos de 10 años después del inicio de la última gran crisis económica mundial, el sistema financiero estadounidense nuevamente enfrenta el peligro que causa la deuda desenfrenada. Hoy, a diferencia de la década pasada, lo que algunos llaman “la burbuja de la deuda” no proviene del sector de propiedad raíz, sino de los alarmantes niveles de la deuda estudiantil.

 

Como escribe Rana Foroohar en el Financial Times, el rápido incremento de la deuda es “la señal más clara de que habrá turbulencia en los mercados”. Y, durante la última década, la deuda estudiantil ha crecido en un 170 % hasta alcanzar un nivel de 1,4 billones de dólares, “más que la deuda por préstamos para la compra de automóviles y hasta de tarjetas de crédito”.

 

La principal razón detrás del gigantesco aumento de las deudas de los estudiantes: el constante incremento en el costo de las matrículas de las universidades tanto públicas como privadas, donde hubo un alza del 9 % y el 13 %, respectivamente, durante el último año. Por otro lado, escribe Foroohar, el promedio del incremento de precios en la economía estadounidense, según el Índice de Precios de Consumo, es del 2,7 %.  

 

Especialmente en el caso de la educación superior privada, un estudiante de pregrado le puede pagar más de 72.000 dólares al año a una de las instituciones más prestigiosas, como las del Ivy League. Los precios extravagantes de las matrículas se deben, por un lado, a la contratación de más y más administradores para departamentos no académicos, como el mercadeo, la diversidad, la sostenibilidad ambiental y la recaudación de fondos de la universidad.

 

En la Universidad de Purdue, en Indiana, por ejemplo, el encargado del Departamento de Diversidad se gana 198.000 dólares anuales, 73.000 dólares más que el salario promedio de un profesor de tiempo completo. “No tengo idea qué hacen estas personas”, le dijo J. Paul Robinson, quien enseña ingeniería biomédica en Purdue, al medio de comunicación Bloomberg acerca del ejército de administradores que raramente pisan un salón de clase. 

 

Según un centro de investigación vinculado a la Universidad de Boston, el número de profesores de planta de las universidades de EE UU ha sido más que duplicado por el número de empleados no académicos. Por otro lado, las universidades que buscan atraer estudiantes prestantes, que no financien sus estudios con deudas, les brindan a sus reclutas lujos como centros deportivos de talla mundial, opulentos dormitorios y hasta parques acuáticos dentro de las instituciones educativas.

 

Para financiar ostentaciones dignas de Trimalción, el pródigo personaje del escritor romano Petronio, muchas universidades recurren a la emisión de bonos, escribe Foroohar. Pero, como explica el analista Jay Bowen, el verdadero motor de la deuda de los estudiantes es la irresponsable política del Ministerio de Educación, en Washington.

 

Solo en el 2011, el Ministerio de Educación les prestó 157.000 millones de dólares directamente a estudiantes. El problema es que, de los 44 millones de estadounidenses con deuda estudiantil, ocho millones han entrado en algún tipo de incumplimiento. Foroohar nota que la anterior es una tasa de incumplimiento mayor a la de las “hipotecas subprime” que por poco hunden a la economía global en el 2008.

 

Bowen sostiene que el gobierno federal de EE UU está, en efecto, garantizando “decenas de miles de millones de dólares en deudas (estudiantiles) que jamás serán pagadas”. Como quienes aspiraban a ser propietarios de viviendas durante la década pasada y cuyas deudas fueron garantizadas por entidades estatales como Freddie Mac y Fannie Mae, los estudiantes, escribe Bowen, “han sido alentados a tomar préstamos con impunidad”.

 

No obstante, en el autodenominado país de las oportunidades, están surgiendo opciones para motivar a los jóvenes a obviar por completo la carrera de ratas que involucra verse encadenado de por vida a la deuda incurrida como estudiante. Por ejemplo, Peter Thiel, el magnate fundador de la plataforma de pagos PayPal, ha establecido un programa de becas para jóvenes emprendedores que, al ser aceptados, reciben 100.000 dólares para crear una empresa, en vez de estudiar en una universidad.

 

“Es mejor asumir grandes riesgos que grandes deudas”, declara la página web de la Beca Thiel. Hasta el momento, 2.800 solicitantes han estado de acuerdo.