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Juan Gustavo Cobo Borda

 

Andrea Wulf ha escrito un libro fascinante reconstruyendo la estela de los pasos de Alexander von Humboldt. Un viajero infatigable que durante cinco años (1799-1804) recorrió América con pasaporte español, lo que le permitió realizar observaciones geológicas, botánicas, astrológicas, antropológicas y muchas más en lo que hoy es Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, además de Cuba y lo que hoy es México, entonces llamada Nueva España.

 

Sobre todos estos lugares, ríos y selvas, montañas y desfiladeros, cumbres heladas y trópicos infernales, nos transmitió, con prosa vívida y poética, verdaderas monografías científicas, cargadas de sentido humano. Su ascensión al Chimborazo, de casi 6.400 metros, a 160 kilómetros al sur de Quito, es un epítome de lo que lo llevaría a considerar el cosmos como una unidad donde todo se entrelaza, se comunica y se apoya. Donde las plantas escaladas según el clima nos dan una verdadera imagen horizontal del mundo. Donde los árboles de un hemisferio se replican en el opuesto y donde, en otro plano, la libertad proclamada por la Ilustración le llevó a rechazar la esclavitud en EE UU, donde tuvo amigos tan destacados como Thomas Jefferson y lectores que al recibir su influencia la prolongaron y enriquecieron en obras como el Walden de Thoreau.

 

Quizás otras dos figuras capitales nos permitan visualizar mejor la decisiva importancia de Humboldt: la primera, Goethe; la segunda, Bolívar.

 

Goethe, que por la mañana corregía un poema y por la tarde estudiaba los sapos, tenía verdadera pasión por conversar con Humboldt y enriquecerse con la sabiduría de sus aventuras, sea en el Orinoco o en los Andes, porque “pasar un día con él era como haber vivido varios años”.

 

Y Bolívar, quien recibió de Humboldt inspiración, pues ya consideraba que las colonias españolas estaban maduras para liberarse, le llamó “el descubridor de América”. Añadamos un tercero, Darwin, quien se embarcó en el Beagle con todos los libros de Humboldt subrayados en un diálogo que le dio la vuelta al mundo. El origen de las especies debe mucho a Humboldt “predarwiniano”.

 

Humboldt no solo era el mayor naturalista, sino también chambelán de dos reyes de Prusia a quienes debía de leer luego de la cena y quien era reclamado cuando estando en París preparaba la edición de sus obras en suntuosos volúmenes con espléndidos grabados. Con su levita oscura y corbata blanca, que Humboldt llamaba “su atuendo cosmopolita”, en 1829, ya hombre mayor, se fue a recorrer Rusia y a escaparse de sus anfitriones zaristas para seguir tratando de describir el mundo, de recalcar una vez más que “la naturaleza es una totalidad viva”. Lo que este libro de Andrea Wulf, desde tan variados ángulos y tantos otros personajes evocados, logra de modo único e integral. Nuestra concepción de la naturaleza, y el inicio de una conciencia ecológica, parten de Humboldt y así lo refrendan Muir, Perkins Marsh y Haeckel, también aquí tratados con conocimiento, erudición y buen humor ilustrado. Un gran acierto digno de disfrutarse y aprender con él.