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Nicolás Parra Herrera

n.parra24@uniandes.edu.co / @nicolasparrah

 

El pasado 7 de febrero, murió Tzvetan Todorov, uno de los pensadores contemporáneos más integrales y uno de los filósofos más originales de los últimos tiempos. Siempre he pensado que existen dos tipos de filósofos: aquellos que quieren expandir los límites de lo humano y aquellos que quieren examinar los límites de lo humano. Los primeros buscan más allá del hombre algo que está ausente en él; buscan una trascendencia de lo humano para lograr un punto estable y fijo donde todo quede explicado: el conocimiento, la verdad, la universalidad, lo inmutable y lo eterno. Los otros, como Todorov, no quieren ver más allá del hombre, sino que encuentran en él el verdadero enigma de la filosofía. A la postre, se trata de filósofos que buscan entender la cotidianidad y pensar el ser humano en su existencia, no para encontrar ese punto inmóvil o fundante fuera de él, sino para comprender otras nociones que expliquen los lugares donde habita lo humano: la empatía, la diversidad, el otro y el cuidado.

 

Todorov fue un pensador de la mediación y de las fronteras: lo primero porque lograba conjunciones de diferentes disciplinas y, por ello, es difícil clasificarlo como un semiótico, un historiador de las ideas, un filósofo moral, un antropólogo cultural o un crítico literario; lo segundo porque su vida era un ejemplo de la marginalidad y del cruce de fronteras. Nació en Sofía (Bulgaria), en 1939, pero cuando tenía 24 años tuvo que huir del régimen autoritario de Todor Zhivkov. En 1966 se instaló en París, para iniciar sus estudios de doctorado bajo la tutoría del filósofo y semiótico francés Roland Barthes. Esa experiencia de marginalidad y desplazamiento, así como su doble nacionalidad, búlgara y francesa, hizo que Todorov se interesara y tuviera una sensibilidad más afinada sobre dos temas que iban a ser tratados transversalmente en muchos de sus libros: la alteridad y la diversidad.

 

En su libro La conquista de América: la cuestión del otro (1985), Todorov habla sobre la manera como el europeo, al encontrarse con el americano, definió su identidad a partir de ese encuentro. Solo es posible construir el yo a partir del encuentro con el otro, y el otro es una construcción del yo. Esas relaciones con el otro que se configuraron en la conquista de América permean nuestra manera de relacionarnos con los otros, a saber, a partir de relaciones de amor-conquista-conocimiento del otro.

 

Pasando al tema de la diversidad, en su libro Nosotros y los otros: reflexión sobre la diversidad humana (1989), Todorov discute las ideas de varios autores franceses, Montaigne, Helvetius, Rousseau, Condorcet y muchos otros sobre el nacionalismo, el racismo y lo exótico. En esta obra, Todorov señala que existe un abismo radical entre el vivir y el decir que nos distancia de un humanismo moderado que permitiría el florecimiento de la diversidad humana. A su juicio, las convicciones que profesaban sus compañeros no influían de manera significativa en su comportamiento, ni viceversa. De ahí su gran reflexión: una filosofía que no se nutre de la experiencia vivencial del filósofo degenera en una escolástica que pierde contacto con el mundo, la realidad y la vida. En este libro, Todorov también trata de abordar una paradoja que nos ha acompañado hasta nuestros días: la relación entre la diversidad y la unidad de la humanidad. La pregunta que le queda al lector de Todorov es: ¿cómo lograr una unidad de valores dentro de la diversidad humana sin degenerar en un etnocentrismo?

 

Quizás por esa pregunta, en sus trabajos más recientes, Todorov se concentró en entender el “espíritu de la Ilustración”. Según él, la enseñanza de la Ilustración consiste en decir que la pluralidad puede dar origen a una nueva unidad, una unidad que incentiva la tolerancia, desarrolla el espíritu crítico y facilita distanciarse de uno mismo para integrarse con algo superior a uno y al otro[1]. A pesar de que muchas críticas a la Ilustración señalan que su evolución degeneró en totalitarismos, etnocentrismos y colonialismos de toda índole, Todorov nos enseña que esta también puede ser una forma vieja para repensar la inter-subjetividad y buscar un acercamiento al otro a partir de explorar las características humanas universales. Todorov es un filósofo que reexaminó lo humano no para superarlo, sino para entender sus límites y buscar unos puentes que nos permitan acercarnos al otro, con actitudes de cuidado, tolerancia y diálogo, y vio en la Ilustración un camino no explorado para lograrlo. No en vano sostiene: “la moral de la Ilustración deriva no del amor egoísta a uno mismo, sino del respeto a la humanidad”[2].

 

[1] Cf. Todorov, Tzvetan. El espíritu de la Ilustración. Barcelona: Galaxia Gutenberg. 2014. pág. 127.

[2] Ibíd. Pág. 38.