Perdónanos el mal que hacemos, como también nosotros perdonamos a quienes nos hacen mal. Mateo 6:11-13.

 

Antonio Vélez M.

 

Nos enseñan que es virtuoso perdonar, y nos invitan a hacerlo, a perdonar las injurias, los maltratos. Surge una pregunta: ¿puede una madre perdonar al asesinato cruel de un hijo amado? Imposible, pensamos muchos. En un acto de bondad suprema, podríamos decir que lo perdonó, pero ¿sí lo estaba perdonando de verdad? O son únicamente palabras hueras. Mirándolo sinceramente, es posible, y fácil a veces, decirle al ofensor que lo hemos perdonado, pero eso no es perdonar. Perdonamos cuando ese perdón brota sinceramente de nuestro corazón, cuando el odio y el deseo de venganza han pasado al olvido, pues si esto no ocurre, nuestra memoria dice “nooo”. Y el olvido es necesario para que ocurra el perdón, y para eso deben transformarse nuestros pensamientos, pero esto no lo controla la fría razón. El odio, ese veneno mortal que se produce por el acto cruel en contra nuestra, no desaparece por el hecho de desearlo, aunque las palabras que salgan de nuestra garganta así lo digan. Es una mentira, simplemente. En algunos casos, el odio puede ser eterno, pues está programado en lo profundo de nuestros cerebros, a prueba, muchas veces, de modificaciones conscientes, voluntarias, racionales.

 

Los libros sagrados y los bien pensados nos piden perdonar al que nos ofende o maltrata, pero nuestro sistema emocional no olvida fácilmente, y puede no ser capaz de perdonar, aunque nos ofrezcan grandes recompensas por hacerlo. Se crea una lucha entre los dos sistemas, y eventualmente podría llegar a triunfar el racional, el bueno. Sin embargo, hay ofensas que hieren y dejan profundas heridas y cicatrices en el alma, por lo que no se curan por medio de comandos de la voluntad; son obstinadas, inolvidables, de ahí que el perdón se hace imposible, salvo con un lavado de cerebro, que pocas personas pueden hacerse. Porque es humano buscar el desquite, la revancha; recordemos que la venganza está programada en nuestro software mental, y el odio la alimenta constantemente. Porque la venganza es dulce y no engorda, decía Groucho Marx.

 

Un acto en contra nuestra puede generar heridas internas que no sanan con solo desearlo, que requieren tiempo hasta que la fragilidad de la memoria coopere y se borren las huellas; con una observación, si las heridas son muy profundas, la curación total se hace imposible. Sin embargo, si la ofensa es leve, puede ocurrir que se olvide o se vuelva insignificante, así que el perdón llega. Nuestra imperfecta memoria es una buena aliada en estos casos. En algunas ocasiones respondemos a la agresión o al insulto con algo similar, en cuyo caso podríamos pactar entre los dos implicados un perdón mutuo, y podrían llegar a ser sinceros estos perdones. Igual ocurre cuando nos sentimos maltratados, pero luego descubrimos que fue un error nuestro. Al descubrirlo, entonces, el perdón se torna automático.

 

Recordemos que muchos mandamientos son bienintencionados, pero no funcionan. Nos alientan a pensar que “querer es poder”. Por ejemplo, nos piden que no deseemos los bienes ajenos, ni la mujer de nuestro prójimo, o que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, o que es necesario compartir nuestros bienes con el necesitado. Podemos, si nos interesa o conviene, decir que sí aceptamos con fidelidad dicho mandatos, pero mentimos. Lo que nos piden esos sanos mandamientos no son actos volitivos, y de nada nos sirve admitir que no debemos cometerlos. Porque querer no es poder.

 

Sin embargo, existen casos muy raros, aparentemente absurdos. Después de sobrevivir a los crueles experimentos de Josef Mengele (apodado el Ángel de la Muerte) con mellizos en los campos de concentración alemanes, Eva Mozes Kor quedó tan traumatizada que, tal vez como una extraña defensa o liberación de su psique, entró en un estado mental en que sintió, años más tarde, el deseo sincero de perdonar a sus ofensores. Y de expresar su perdón por escrito y en voz alta. Eva creía que el perdón la ayudaría a sanar. Pues así lo hizo y de ese modo se liberó al fin de sus pesadillas recurrentes sobre Auschwitz. Nos asalta una duda: ¿sí estaba funcionando normalmente el maltratado cerebro de Eva?