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Andrés Mejía Vergnaud

andresmejiav@gmail.com

 

El cine y la televisión abundan en películas y series construidas alrededor de dicotomías fáciles y cómodas: lo bueno y lo malo, los buenos y los malos, lo claro y lo oscuro, lo correcto y lo incorrecto, lo verdadero y lo falso. Y si bien en ocasiones el cuerpo y la mente descansan y se entretienen (cosa necesaria) con este tipo de producciones, ellas vienen afectadas de un problema fatal, y es que esos dilemas facilistas no se aproximan, en lo más mínimo, a las realidades del mundo, de la vida práctica y de la conducta humana.

 

Nunca (tal vez solo en situaciones extremas) se nos presentarán en la vida real dilemas tan claros y de tan elemental resolución. En la vida que vivimos las superficies son más rugosas, y generalmente toda decisión que se nos plantea es difícil. Y lo es, porque los caminos de lo correcto y lo incorrecto no están tan claramente delimitados. Toda decisión, por ejemplo, puede tener consecuencias que excedan las intenciones de quien decide, y que no se conformen con el esquema de blanco versus negro. Y muy frecuentemente, como insistía el filósofo Isaiah Berlin, las decisiones humanas no constituyen conflictos entre valores y antivalores, entre el bien y el mal, sino entre valores que, siendo buenos y valiosos, entran en conflicto.

 

Es por ello muy gratificante admirar una producción cinematográfica en la que esto se entienda, y se refleje en la angustia de una decisión compleja como las que a todos se nos presentan.

Me refiero a la película Enemigo invisible, cuyo título original es Eye in the Sky (El ojo en el cielo), producción británica del año 2015, y que tuvo un paso demasiado rápido por nuestras pantallas. Puede verse en Netflix.

 

Sin contarles la película y estropearles su disfrute, solo les adelantaré que tiene que ver con el tema de los ataques con drones, aquellas aeronaves no tripuladas que son cada vez más usadas en las operaciones bélicas, y que sirven para múltiples funciones, desde la observación y el espionaje hasta el ataque, pues pueden transportar armas sofisticadas. EE UU y sus aliados han venido usando de manera intensiva estos aparatos para golpear organizaciones terroristas, sobre todo en Pakistán, Afganistán y Yemen.

 

El uso mismo de los drones plantea dificultades: por un lado, ellos permiten atacar un objetivo sin tener que realizar operaciones de desembarco o invasiones territoriales, acciones estas que suelen acarrear mucha destrucción y pérdidas de vida. Pero, por otro lado, es un hecho que los ataques con drones han producido un número considerable de víctimas colaterales inocentes. Y puede darse la circunstancia de que, por ejemplo, se logre ubicar a un terrorista que constituya un objetivo de alto valor, y se le pueda atacar, pero esté en un barrio residencial donde seguramente morirán algunos de sus vecinos, cuyos hogares, además, serán destruidos. Vienen las dificultades; por ejemplo: ¿es imperativo atacar, sabiendo que la muerte del terrorista salvará muchas vidas en el futuro, aun cuando se vayan a perder algunas en el ataque? Añádanle a esto la falibilidad que cualquier operación tiene, incluso aquellas que cuentan con alta tecnología, pues la certeza total es inalcanzable: ¿y si se realiza el ataque, y resulta que el objetivo no era el que se creía? Y sumemos otra complicación: se elimina con el ataque a un terrorista, pero ¿qué quedará en el corazón de las víctimas colaterales o sus parientes? Seguramente, odio hacia EE UU, y deseo de revancha, cosas que pueden terminar incubando más terrorismo.

 

Lo mejor de la película es que explora estas circunstancias sin sermonear, sin filosofar, y manteniendo el ritmo de un thriller emocionante. La película evita lo que muchas otras similares no logran evitar: convertirse en una cátedra o en una homilía. Tampoco asume posiciones, y deja eso al espectador. Como escribió Mick LaSalle en el San Francisco Chronicle, la película “... es refrescante por su ausencia de mensaje político”.

 

Para terminar, una palabra sobre los actores. La gran Helen Mirren, ya conocida por papeles como el de Isabel II en La Reina. Y Alan Rickman, recientemente fallecido, y muy recordado por su papel en las películas de Harry Potter.

 

La película fue dirigida por Gavin Hood, surafricano, ganador en el 2005 del Premio Oscar a mejor película en lengua extranjera, por Tsotsi, una historia contada en cuatro idiomas, y que está ambientada en los barrios pobres de Johannesburgo.