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Nicolás Parra Herrera

n.parra24@uniandes.edu.co / @nicolasparrah

 

En la lista de cuestionarios que se les hace a los escritores, existen varias preguntas frecuentes: ¿si fueras a la guerra, qué libro llevarías contigo? o una pregunta aún más apocalíptica ¿si pudieras salvar un solo libro de la destrucción de todos los libros cuál sería? Una pregunta que nunca falta sería ¿cuál libro le hubiera gustado escribir? Hace poco leí un libro de filosofía American Philosophy: A love story, que es el libro que me hubiera gustado escribir.

 

Una de las tareas más difíciles es escribir un libro de filosofía en el que el contenido y la forma sean coherentes. Por ejemplo, es difícil justificar la escritura de un libro de filosofía en el cual se sostiene la tesis de que el conocimiento no puede ser transmitido o que la comunicación escrita es siempre una forma de escritura, pues el libro performativamente estaría contradiciendo la tesis o simplemente llevando a cabo una tarea inútil. ¿Será por eso que Sócrates no escribió ni una sola línea? ¿Será por eso que Platón escribió diálogos en lugar de tratados filosóficos?

 

John Kaag, un filósofo pragmatista contemporáneo, escribió uno de los libros más maravillosos sobre el significado del pragmatismo en la historia de la filosofía y en la vida de quienes han dialogado con autores como Emerson, Thoreau, William James, Charles Peirce, John Dewey, Jane Addams y Josiah Royce, entre muchos otros. Es imposible catalogar el libro como un texto sobre filosofía, una historia de las ideas, una autobiografía o una novela. Es un texto pragmático que se resiste a las etiquetas, como el pragmatismo es una filosofía que hace lo mismo, no es ni empirista ni racionalista, ni religiosa ni atea, ni teorética ni práctica, o es ambas cosas a la vez. El pragmatismo es una filosofía de la frontera, con un pie en la tradición y otro en la innovación, pero siempre fiel a la experiencia humana.

 

En un café en su camino a Chocorua (New Hampshire) donde estaba organizando una conferencia sobre William James, se encontró con un viejo de 93 años que al enterarse de la profesión de Kaag, lo llevó a la biblioteca olvidada de uno de los íconos de la filosofía pragmatista: William Ernest Hocking, un filósofo que, como muchos de los pragmatistas, nunca tuvo la intención de convertirse en uno. En la biblioteca, Kaag se encontró con la ambrosia de cualquier filósofo: libros de William James con sus glosas al margen, dedicatorias de Robert Frost a Hocking, artículos de Peirce con sus manuscritos, primeras ediciones de libros de filosofía moderna y un largo etcétera. En su biblioteca personal en West Wind (el apodo de los aposentos de Hocking), Kaag descubrió con los libros que la contenían que el pragmatismo era una filosofía dedicada a afectar la experiencia humana, pero también con la idea de cultivar la esperanza hacia una realidad significativa. 

 

Mientras visitaba la biblioteca, Kaag pasaba por una crisis marital. Había empeñado su anillo de matrimonio y estaba en el proceso de divorciarse de su esposa. Mientras relee a grandes textos de los pragmáticos, Kaag se percata de que ellos le hablan directamente a su situación. Por eso, en un texto como el de William James ¿Merece la vida ser vivida?, Kaag descubrió que la respuesta era necesariamente personal y terriblemente privada. Así va hilvanando la historia de la filosofía pragmatista mientras deshilvana sus experiencias vitales para darle una nueva luz a su pasado y una esperanza venidera a su futuro. La filosofía se muestra en el libro de Kaag como algo del día a día y no como un conglomerado de conferencias y congresos y notas al pie de otras notas al pie.

 

Luego, se enamora de Carol, una colega que lo acompaña a reorganizar la librería de Hocking para su eventual donación y con quien transforma tanto el orden de la biblioteca –introduciendo libros de filósofas pragmatistas olvidadas en el ático-, como el de su propia vida. Con ella descubre que el modo de existencia del ser humano no es otro que “estar con otro”. El libro narra magistralmente una nueva manera de entender el pragmatismo con su biografía y la historia de su amor con Carol.

 

Kaag muestra en su libro cómo logra hacer con su vida aquello que prescribe la esencia misma de esta corriente de filosofía norteamericana: no se trata de tener “un punto sólido, sino de delinear un problema, explorar su contexto, tener un sentido de toda la situación experiencial en la cual el problema surge y dar una respuesta tentativa pero práctica”. Si esto no es una aproximación muy aguda a la filosofía, no sé qué lo es. Un libro que “muestra” lo que “dice” termina armonizando y creando un puente entre el pensamiento y la acción. Si este no es un libro pragmático, tampoco sé cuál lo es. Un libro que representa la filosofía como una experiencia amorosa, en el medio de una punzante duda de sí y a la luz de una constante confrontación con la muerte… ese es el libro que me hubiera gustado escribir.