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Antonio Vélez M.

 

Es muy común que cuando alguien adquiere poder comience a transformarse, a crecerse sicológicamente y, con el ascenso, su ego va haciendo lo mismo. Este proceso de ascenso no parece tener límites, y más de uno termina sintiéndose omnipotente. Es un estado mental extraño, por la rara realidad interna que vive el sujeto. A esto se le llama delirio de grandeza: el sujeto siente que supera con holgura las dimensiones del resto de los mortales. Son pocos los que escapan a esa enfermedad mental, incurable hasta el momento. La sufrieron faraones, califas, zares, reyes, dictadores, príncipes, gobernantes…

 

Ya instalados en la cúpula, comienzan a sentir que tienen poder absoluto sobre sus compañeros del grupo social. Y de continuar el éxito, se convierten en rey de reyes, o terminan en profetas enviados por los dioses. O en los mismos dioses: demandan sumisión absoluta al resto de mortales, y exigen títulos especiales de grandeza y respeto, acompañados por objetos que señalen fuera de toda duda su nuevo estatus: coronas, tiaras, monumentos, estatuas, viviendas ostentosas, vestidos de lujo…  

 

Pero si realmente el poder conduce a la enfermedad, ¿qué agente patológico la causa? Los griegos acuñaron el término hubris (desmesura) para designar la falta más grave cometida por un mandatario: creerse superior al resto de los mortales. Un ego desmesurado, inflado. Pero después de la subida del ego, creían los griegos, venía la némesis (desgracia), con la que los dioses castigaban la arrogancia.

 

La historia de la cultura humana está llena de casos que ilustran los estragos causados por la hubris. Los faraones se consideraban seres privilegiados, identificados con Horus, dios egipcio, e hijos de Amón-Ra. Tras su muerte, el faraón adquiría la inmortalidad y una categoría divina, debiendo, entonces, ser venerado como un dios. Las monumentales pirámides fueron construidas con una función específica: contener por toda la eternidad la “esencia” del faraón. Según los textos, este resucitaba y ascendía a los cielos para vivir entre los dioses, transfigurado en una estrella.

 

El Taj Mahal es un complejo de edificios construido por el emperador Shah Jahan, para lo cual ocupó cerca de 20.000 obreros. El lujoso mausoleo se erigió en honor a su esposa favorita, Arjumand Bano Begum, muerta a consecuencia de un parto. Cuentan que después de completar su trabajo, a los obreros se les sacaban los ojos y se les cortaban las manos para que, así, mutilados, no pudiesen construir otro monumento que igual.

 

Los Guerreros de Terracota son un conjunto de más de 8.000 figuras de caballos y guerreros de terracota de tamaño real, enterrados cerca de la tumba de Qin Shi Huang, primer emperador de China de la dinastía Qin. Se creía que al enterrar las estatuas tras la muerte del emperador, este seguiría disponiendo eternamente de sus guerreros.

 

Alejandro Magno, quien en Egipto se autoproclamó hijo de Amón-Ra, aspiró a que los griegos también lo reconocieran como rey-dios, para lo cual ordenó a las ciudades griegas incluirlo entre sus dioses. No satisfecho con lo anterior, adoptó el ritual de la proskynesis (adoración): los visitantes debían postrarse ante él y avanzar reptando sobre el suelo hasta llegar a sus pies, sin mirarlo. Algunos veteranos guerreros macedonios se rieron ante tal pretensión, y Alejandro, avergonzado, abandonó el ritual (más tarde mató a un hombre que había reído a carcajadas).

 

Nerón, aficionado al arpa y a la poesía, compuso canciones que se interpretaron por todo el Imperio, gustasen o no. En el año 64, sin ninguna vergüenza, empezó a cantar en público. Algunos historiadores cuentan que el Senado animó al emperador a exhibir en público sus escasas dotes musicales. Después de haber sido apuñalado (merecida némesis), exclamó ya moribundo: “¡Qué artista muere conmigo!”.

 

El gran Julio César, imitando a Alejandro, en Egipto se hizo consagrar hijo de Amón-Ra y luego, ya en Roma, difundió él mismo su origen divino e instituyó un clero especial para celebrar el culto a “Cesar, Dios vivo”. Después de extender cruelmente su dominio por casi toda Europa, se hizo nombrar dictador vitalicio. Todo terminó felizmente cuando, durante los idus de marzo del año 44 a. C., los conspiradores lo asesinaron a las puertas del Senado.