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Antonio Vélez M.

 

Vuelve la llamada fiesta brava y con ella los argumentos en pro y en contra. Los taurófilos tienen dos argumentos principales: (i) que se trata de una tradición antigua y respetable: según la Corte, de “una expresión cultural reconocida que conlleva necesariamente el maltrato de los animales”; (ii) que los antitaurinos predican, pero no practican, pues no se privan de su dieta carnívora, lo que implica sacrificar animales.

 

Los antitaurinos argumentan que al toro de lidia se le maltrata y tortura, por diversión, lo que, para una persona sensible y que no razona movida por su interés personal, es un salvajismo como en los tiempos del circo romano, mientras que al toro que consumimos en bistec, y a otras especies animales que entran en nuestro menú, se les necesita para alimentar a una población que suma miles de millones de bocas hambrientas.

 

Anotemos de paso que la ingesta de proteínas de origen animal es necesaria. Recordemos, además, que fue lo que nos hizo más inteligentes que las demás especies animales. El cerebro grande significó una mayor inteligencia, pero consume cerca de la cuarta parte de las calorías que ingerimos. Un chimpancé, con su dieta en su mayoría vegetariana, no puede pasar de un cerebro pequeño, que no le permite abusar de los otros seres vivos, pues para esto se requiere una gran inteligencia, la misma que se requiere para llevar la corrupción a límites intolerables, y, muchas veces, para torturar a los otros seres humanos. Y también para razonar mal, cuando no encontramos buenos argumentos.

 

Pero ese mismo cerebro grande le ha servido al Homo sapiens para atenuar el sufrimiento de las especies que nos sirven de alimento. A las aves de corral y al ganado vacuno, porcino, ovino y caprino se les mata sin sevicia, rápidamente, como no lo hace el torero, pues el espectáculo hay que alargarlo con maestría (sevicia), para el disfrute pleno de la tribuna. Recordémosles a los taurófilos preocupados por la ingesta de carnes que, en los mataderos modernos, el sufrimiento del animal se ha reducido a su mínima expresión, por sensibilidad y porque es una necesidad, ya que se trata de un negocio, y la muerte debe ser muy económica y, en consecuencia, rápida. Esto ha hecho que al animal se le insensibilice allí, para evitarle sufrimiento a la hora del degüello, que sí es doloroso. Se trata de un procedimiento que aturde al animal y anula el sufrimiento. Para ello, se le dispara en el cráneo un pequeño perno metálico. Y este parece ser el procedimiento más versátil, ya que es apropiado para una gran variedad de especies animales. Otro método, también indoloro, consiste en aplicarle al animal una descarga eléctrica que actúa inmediatamente y le hace perder el conocimiento, especie de silla eléctrica instantánea. Y cuando el animal está inconsciente, se aprovecha para someterlo al desangrado o degüello, la parte dolorosa del proceso: se cortan los principales vasos sanguíneos del cuello del animal para drenar la sangre, y para que se produzca rápidamente la muerte por anoxia cerebral. Las incisiones son rápidas y precisas.

 

Vale la pena recordar que en muchos países ya existen leyes de protección al sacrificio de los animales. En España (cuna de las corridas) se exige que los mataderos no pueden ocasionar a los animales “agitación, dolor o sufrimiento evitables”. Los cerdos, vacas, ovejas, conejos, pavos y pollos cuentan con una ley que los protege de crueldades innecesarias. Además, antes de pasar al patíbulo, los animales deben ser protegidos de las inclemencias del tiempo, y sin maltratos. El decreto también obliga a que se les facilite agua potable; detalla, además, que los métodos utilizados sean aplicados siempre por expertos y con garantías de eficacia y rapidez. Más aún, prohíbe la importación de carne de países que no respeten unas condiciones similares a la hora de sacrificar animales.

 

Colombia no se ha quedado atrás: la legislación exige, entre otras cosas, que los mataderos posean trampas de aturdimiento, así como pinzas eléctricas u otro sistema para insensibilizar a los animales. En suma, para que no sigan usando el argumento del consumo de animales, el torero mata con tortura y sevicia; el matarife lo hace con rapidez y sin dolor.