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Andrés Mejía Vergnaud

andresmejiav@gmail.com

 

Wittgenstein, el gran filósofo del siglo XX, dice en una de sus ideas más conocidas y penetrantes que “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”. Un lenguaje es mucho más que un conjunto de palabras organizadas en formas sintácticas: un lenguaje es una ventana hacia la forma de vida de sus hablantes: hacia sus creencias, sus actitudes, su pasado, su herencia cultural, sus expectativas y temores, sus maneras de ver el mundo. Por ello, el hecho de que en un lenguaje existan palabras que denoten un cierto concepto y en otro lenguaje no exista palabra para lo mismo, debe decirnos algo sobre las diferencias en la forma y perspectivas de vida de ambos universos de hablantes.

 

Al respecto, permítanme contar una historia personal. Desde hace ya un par de años, he dedicado buena parte de mi interés y mi actividad profesional a estudiar la forma como se solucionan de manera pragmática los conflictos. En particular, he dedicado mi interés a estudiar aquellas soluciones que surgen cuando, en un conflicto entre dos partes, ellas deciden deponer algunos de sus intereses en virtud de un propósito común. O también las soluciones pragmáticas a las que llega una persona, o una organización, o un país, cuando, ante la posibilidad de avanzar hacia un objetivo, depone algunos de sus intereses o incluso algunos de sus valores para lograrlo. Para esta acción hay una palabra en inglés: compromise. Y ella no solamente denota la acción misma, sino que de alguna manera sugiere una cierta actitud, la de buscar soluciones prácticas y avanzar hacia adelante. Otra de sus acepciones, como sustantivo, es el acuerdo o la solución producto de la acción ya mencionada.

 

Pues bien, al trabajar sobre este concepto he encontrado un obstáculo muy singular: no existe en español una palabra que signifique lo mismo. Hay algunas que son aproximadas: ceder, negociar, transigir (como verbo); acuerdo, consenso, negociación (como sustantivo). Ninguna de ellas significa lo mismo que compromise, aun cuando tengan algún parentesco.

 

Uno podría pensar, en principio, que ello se debe a un accidente histórico sin mayor significación. Pero, si nos tomamos en serio a Wittgenstein, podríamos aventurar otra hipótesis: la palabra compromise no solo existe en inglés, sino que es muy usual en el habla inglesa común, porque el acto del compromise es muy propio del modo de pensar y de vivir anglosajón. Y así, allí donde no aparece un vocablo similar, tal vez el concepto no exista en la cultura y en la forma de vida.

 

En una situación en la que hay enfrentamiento de posiciones o de valores, se pueden tomar en principio dos caminos: tratar de que una de las posiciones o uno de los valores prevalezca sobre el otro, o buscar, mediante concesiones mutuas, una solución práctica. De ser cierta la hipótesis, este último proceder sería típico de la forma de vida anglosajona, mas no de la nuestra. Algo así opina Alin Fumurescu, quien, en su libro Compromise (Cambridge University Press, 2013), hace un análisis etimológico de la palabra (viene del latín) y rastrea las connotaciones que, con el tiempo, fue adquiriendo en el inglés y en el francés. En la lengua francesa existen el concepto y el vocablo, pero su connotación es desfavorable, lo cual indica que la búsqueda de soluciones pragmáticas mediante la concesión mutua es algo mal visto en la cultura francesa. Y por si hiciera falta ilustración, basta comparar las revoluciones inglesa (1688) y francesa (1789): una llegó a soluciones prácticas, la otra naufragó en el apego al radicalismo.

 

¿Qué ocurre entonces en el mundo de habla hispana? El vocablo no existe, porque ni siquiera existe el concepto. Podría decirse que si los franceses lo desaprueban, los hispanohablantes ni siquiera lo reconocemos, y ello puede contener claves muy significativas sobre nuestra cultura y sobre la manera como vemos el conflicto. Este punto lo explora el periodista John Carlin en un breve artículo titulado Una palabra elemental que no existe en español (El País, 18 de enero del 2016), y busca la raíz en esa mentalidad absolutista, esa mentalidad que no cede en nada (uncompromising, dirían en inglés) que los hispanohablantes habríamos heredado del catolicismo de la Reconquista y la Contrarreforma. Carlin ilustra, con anécdotas del fútbol y de la vida cotidiana, la desaprobación con que se trata en la cultura hispana a quien cede en sus posiciones, pues se le ve como alguien sin principios. Muy diferente a la perspectiva anglosajona, contenida en las bellas palabras de Edmund Burke que pueden traducirse así: “Todo gobierno; de hecho todo beneficio y todo disfrute humano, toda virtud y todo acto prudente, se fundamentan en el intercambio y el compromise”.