Nicolás Parra Herrera

n.parra24@uniandes.edu.co / @nicolasparrah

 

Los días 26 y 27 de septiembre, la Universidad de los Andes les rindió un homenaje a dos de sus grandes maestros, Ciro Angarita y Eduardo Álvarez-Correa. Aunque no tuve la fortuna de conocer personalmente a estos maestros -ambos murieron años antes de que yo iniciara mi carrera-, como profesor de los Andes siento que su “ausencia-presente” sigue siendo un ejemplo de lo que realmente significa la educación jurídica. 

 

Este modelo aún pervive como un ideal invisible para nosotros, la nueva generación de profesores, que creemos que nuestra tarea no se limita a enseñar el contenido de un curso, sino que implica tratar de tocar el alma de los alumnos para recordarles que su única obligación como estudiantes es seguir su camino “dándose cuenta” y que la nuestra, como profesores, es ser unos servidores que les ayudan a encontrar ese camino. Esta es la lección que dejó el sentido y muy emotivo homenaje organizado por los estudiantes de estos maestros -­­hoy profesores, magistrados, periodistas e investigadores- que, en diferentes contextos y con diferentes voces y estilos, tratan de propagar en su cotidianidad aquello que recibieron de Ciro Angarita y de Eduardo Álvarez-Correa: un intento sisífico de buscar la autenticidad y la justicia, bajo la firme creencia de que, como decía Angarita, la voluntad del hombre no tiene límites.

 

A pesar de que la invitación al evento estaba abierta al público, pude constatar con sorpresa que tan solo dos o tres de mis estudiantes asistieron a este encuentro con el deber de rememoración. Por eso, en mi siguiente clase de Obligaciones, les dije: “Saquen una hoja”. Ellos perplejos, pues nunca hago quizzes siguieron mis instrucciones. Luego les expliqué: “el quiz tiene dos preguntas. La primera es: reflexione sobre una enseñanza de Ciro Angarita y Eduardo Álvarez-Correa”. Esto, desde luego, solo aumentó su confusión. Seguro se preguntaban qué tenía que ver mi pregunta con una clase de Obligaciones. Luego, teniendo en cuenta que era el Día del Estudiante, les dije, “segunda pregunta: ¿qué significa ser un estudiante?”. Y así comenzaron a escribir su quiz sorpresa. Cuando todos habían entregado sus hojas, pregunté si alguno quería que no le calificara el quiz. La gran mayoría levantó la mano, así que les dije “¡Los que levantaron la mano, rompan el quiz!”. Finalmente, comenté: “romper el quiz es un acto simbólico que se revela contra la idea de que la educación se reduce a una mercancía de notas… La verdadera educación jurídica está en armonizar su alma con la justicia y ponderar siempre sin prejuzgar los intereses encontrados”.

 

Les hablé entonces de las anécdotas que de oídas había recibido de Angarita y Álvarez-Correa, y los exhorté a que asumieran su educación como la búsqueda de un camino, un camino que debía orientarse hacia una noción de éxito muy sencilla que, creo, fue formulada por Ralph Waldo Emerson: “ganarse el respeto de las personas inteligentes y el cariño de los niños”. El éxito, les dije, era convertirse en seres alerta de sí mismos, pensantes, conscientes, sensibles y siempre en el duro camino de buscar la justicia en su actuar diario. Les recordé las palabras que pronunció Ciro Angarita con motivo de la muerte de Álvarez-Correa, palabras que resumen una de sus lecciones imborrables y que hoy, más que nunca, resuenan fuerte y se antojan muy necesarias: “El Derecho será más digno y exitoso en su misión de convivencia social cuanto más se aproxime y abreve en las fuentes eternas de la justicia material, la equidad, la tolerancia, la paz, la comprensión del otro y de la vida”. Y luego les recordé las palabras del profesor y exmagistrado Eduardo Cifuentes cuando falleció Angarita: “Ha muerto, pues, el profesor más ambicioso, que sólo creía en el alma de su alumno; que cifraba en ese anhelo de autoapropiación, la clave de su oficio”.

 

Salí bastante conmovido de esa clase. Es increíble cómo personas que uno no conoció y de las que solo sabe por sus escritos y sentencias, por sus imágenes nebulosas y por el testimonio de otros, terminan siendo un faro invisible que le recuerdan lo verdaderamente importante en la educación jurídica y, diría yo, en cualquier proceso educativo: creer en el alma del estudiante y girarla hacia el bien y hacia la búsqueda de sí mismo para que se apropie de lo que es y lo transforme en lo que puede ser: en un quizás, en un porvenir donde la comprensión de sí y del otro sean guías de vida.