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Juan Gustavo Cobo Borda

 

 

Hace 40 años, se suicidó Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977) y su vida y su obra plantean la muy estrecha relación entre cine y literatura, ejemplarizada en una novela, Que viva la música, y en un sustancioso volumen que reunió sus críticas de cine: Ojo al cine, del 2009, en 773 páginas, reeditado por Debolsillo, en el 2017. Pero el diálogo es viejo y podemos remontarnos a las reseñas de Jorge Luis Borges, en la revista Sur, de Buenos Aires, fechadas a partir de 1931, donde comenta desde las películas de Charles Chaplin a las de Josef von Sternberg, del cine mudo a las películas de gángsters que le atraían y marcaron sus primeros intentos narrativos, donde los guapos pelean a cuchillo en escorzos cinematográficos.

 

También queda registrado El ciudadano Kane, 1941, de Orson Welles, y la conclusión de Borges no deja de sorprendernos: “Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.

 

En un salto vertiginoso en el tiempo, llegamos a otro argentino, Manuel Puig (1932-1990), que convirtió su pueblo natal, General Villegas, en General Vallejos. En su primera novela, La traición de Rita Hayworth (1968), recrea en detalle la mirada de un niño, Toto, quien enloquecido por el cine recorta fotos de actrices y actores, ahorra para poder asistir con su madre cuando la función es más barata y verbalmente repasa lo que vio mezclándolo con otros filmes. Además de los protagonistas argentinos, su mundo es el de Hollywood: Fred Astaire y Ginger Rogers deslizándose por el sueño blanco de la pantalla, escrito por el rayo de luz del proyector.

 

“Y el viento le levantaba el vestido de tul a ella y las colitas de etiqueta a él, porque venían unos parajitos volando despacio y le levantaban la cola del vestido y las colitas de él y hacían un baile los pajaritos con ellos porque Ginger Rogers y Fred Astaire con la música se levantan en el aire, y el aire los lleva alto con los pajaritos que los ayudan a dar vueltas cada vez más ligero”. Evadirse, dejar atrás polvo y chismes, maldades de chicos en la escuela.

 

Un libro póstumo de Puig, Los ojos de Greta Garbo (1993), nos maravilla con la colección de fotos de la diva que Puig había atesorado. La belleza enigmática y perdurable. Pero hay más. Un hombre en México, que cumple cien años de nacido, Juan Rulfo (1917-1986), no solo dio argumentos como El gallo de oro (1964), cuyo guion escribirían a seis manos Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Ricardo Gavaldón, sino que también actuaría junto a Carlos Monsiváis en la película En este pueblo no hay ladrones, basada en el cuento de García Márquez. Pero el estilo único de Rulfo, su tierra yerma y su hambre milenaria se refunden de modo magistral en todo lo que produce para el cine.

 

Una escena de Fórmula secreta, 1964, es reveladora:

 

“Ustedes dirán que es pura necedad la mía

que es un desatino lamentarse de la suerte,

y cuantimás de esta tierra pasmada

donde nos olvidó el destino.

La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al hambre.

Y aunque digan que el hambre

repartida entre muchos

toca a menos,

lo único cierto es que todos

aquí

estamos a medio morir

y no tenemos ni siquiera

dónde caernos muertos.

Según parece

Ya nos viene de a derecho la de malas”.