Diego Eduardo López Medina

Profesor Facultad de Derecho Universidad de los Andes

diegolopezmedina@hotmail.com

 

En un artículo de Jet Set del 2015, donde habla un conocido y mediático abogado, se lee lo siguiente: “(Este restaurante que estoy abriendo) es una síntesis de lo que soy, de mis obsesiones, de la visión que tengo de la estética y de la buena vida. Aquí confluyen el culto a los sabores, la música que me apasiona, la farándula, la gente del periodismo y el poder. Y de paso me deja dividendos”.

Más adelante, el periodista, en un giro manido de la prensa rosa, caracteriza al abogado de marras como una persona “con una fuerza mediática indiscutible” y como “pasaporte a la convocatoria social”.

 

Con todo, el punto central del artículo no está en su texto, sino en sus fotos: aparece nuestro abogado en varias, donde hace ostentación de un amplio y sofisticado guardarropas. Las fotos invocan, en su versión masculina, el haute couture y las luxury brands, un verdadero mundo de consumo de las élites globales a las que estaban vinculadas, hasta hace poco, unos pocos empresarios y banqueros locales. Recordarán los lectores que, en un reciente episodio de corrupción judicial, la prensa reportó que el dinero pagado terminó, a las pocas horas, en la registradora de la firma italiana de ultralujo Bvlgari. Es interesante ver cómo ciertos segmentos de la profesión jurídica en Colombia se han apropiado de los imaginarios de distinción y sofisticación de las élites globalizadas y buscan afanosamente incorporarse a ellas.  

 

En esta y otras apariciones mediáticas, nuestro jurista no pide excusas por el consumo ostentoso o por el exhibicionismo social. Se adscribe a una cierta tradición desvergonzada, nietzscheana en su progenie más profunda y que copia, más directamente, del abogado francés Jacques Vergès, quien se hizo célebre por su estrategia de escandalizar. “No soy un abogado vergonzante, pongo mi firma y mi cara en cualquier caso”. Esta provocación la dirige a los demás abogados que, según él, aceptan también estos casos y cobran los honorarios, pero ponen a firmar a segundones. Su objetivo en ser genuino y auténtico, al tiempo que posa milimétricamente para la cámara, para sus potenciales clientes y para la posteridad.

 

No tengo objeciones a esta imagen pública que nuestro amigo ha construido cuidadosamente. Su imagen es un problema solo suyo. Solo quisiera proponer dos tesis, una descriptiva y otra normativa: en primer lugar, que las élites de la profesión jurídica en Colombia están en búsqueda de nivelación con las élites jurídicas y financieras locales y que sus patrones de comportamiento y consumo constituyen ya un referente claro de éxito profesional. Este nuevo baremo, sin embargo, exige impensados niveles de ingresos para el mercado local. Quizás eso explique por qué los sueldos de las altas magistraturas (descomunalmente altos para el país y la región, aunque modestos frente a las verdaderas élites globales) ya no bastan para blindar contra la corrupción al proceso judicial.

 

La segunda constatación es normativa. Aunque su defensa parte de la libertad, quisiera argumentar que el modelo implícito de ejercicio profesional que irradia nuestro mediático abogado es inconveniente y peligroso para el ejercicio generalizado de la abogacía. Los abogados con convocatoria social y mediática construyen modelos de éxito que los más jóvenes observan y consumen. El principio del debido proceso, de hecho, consiste en el esfuerzo sistemático, en la medida de lo posible, de separar el poder social de la toma de decisiones jurídicas. Hay abogados que, en contra de este principio, buscan potenciar su capital social como base de la prestancia profesional. La convocatoria y cercanía con los poderosos no debería ser una ventaja profesional susceptible de marketing. 

 

Afortunadamente conozco contra-modelos de ejercicio profesional que vale la pena proponer como alternativa: abogados para los que la modestia y la respetuosa distancia con los jueces es un valor que sus clientes deberían apreciar; abogados donde cuenta el conocimiento y la cercanía a las partes, y no la formación de círculos de socialización entre la profesión y los jueces. La existencia de una Muralla China entre jueces y litigantes ha sido siempre una forma válida de sabiduría profesional. Los jugadores de fútbol y los árbitros no deberían ser amigos íntimos ni tener empresas conjuntas. Si se acepta la existencia de una Muralla China ética, se prohíben los contactos ex parte con los jueces y se desaprueba la creación de ficticias oportunidades de contacto y cercanía con ellos que generan familiaridad o, al menos, cierto compromiso social. El último que debería mencionarle un caso a un juez es su amigo; y el juez no debería temer la socialización con la profesión, porque ella nunca debiera ser utilizada para contactos ex parte. El litigio puede ser también un espacio de austeridad, de trato respetuoso, pero distante entre los operadores jurídicos. Ese otro modelo profesional me parece más atractivo.

 

En el Derecho también importa, no lo ignoro, el poder y el posicionamiento social. Pero el Derecho es esa parte de la política donde, por aspiraciones de justicia, buscamos neutralizar al máximo posible la coerción, el miedo, las jerarquías y las diferencias de capital (económico, social, político, etc.). Aspiramos a escuchar a las partes, a que nos cuenten su historia y buscamos impedir que los poderosos siempre ganen por ser poderosos. El poder de convocatoria social como modelo de éxito profesional va en contra del modelo, más modesto y letrado, del abogado que trabaja en la carpintería de los argumentos y que presenta un caso desprovisto de la fuerza semiótica del ropero de ultralujo. Un modelo donde el capital profesional es más ético e intelectual, no político y social. Y no vale decir, a la Nietzche, que esto es simplemente una hipocresía o parte de la moralina tradicional. A veces el desvergonzamiento no es creativo, ni interesante, ni rupturista, ni intelectual, ni libertario, ni sofisticado. Es tan solo otra máscara.