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Mónica Roa

Especialista en uso del Derecho para la promoción del cambio social y en equidad de género

@MonicaRoa

 

Hace aproximadamente 10 años, tuvimos una serie de desencuentros entre colegas del movimiento de derechos reproductivos. Todas teníamos un férreo compromiso con la causa, pero nuestros estilos y tácticas eran diferentes. Alguien sugirió que tuviéramos una sesión colectiva con una facilitadora externa que nos ayudara a procesar nuestros desacuerdos de una forma constructiva. En algún momento de la sesión, ella nos sugirió que camináramos en silencio por todo el salón y a cada compañera que encontráramos le hiciéramos la venia en señal de quitarnos el sombrero como reconocimiento a su trabajo. ¡Chapeau! Fue una experiencia que me enseñó que no hace falta estar de acuerdo en todo, para trabajar juntas por un objetivo común, y creo que es un buen momento para ponerlo en práctica entre quienes hacemos activismo por el cambio social en la Colombia del 2017.

 

En la medida en que los diferentes movimientos de justicia social en nuestro país se hacen más sofisticados, nuestros argumentos se refinan y aparecen más oportunidades para los desacuerdos alrededor de marcos teóricos cada vez más complejos. Esto en sí mismo es un avance, pero no podemos caer en la trampa de pensar que el cambio social se logra con el discurso elaborado de una élite intelectual muy poco representativa de la realidad nacional.

 

Si lo que queremos es transformar la sociedad colombiana en una que respete los derechos humanos sin discriminación, y promueva el desarrollo equitativo y sostenible, tenemos que sumar y no dividir aún más. Y para sumar, es importante crear conciencia sobre cuáles son las audiencias y los discursos que nos permiten lograr diferentes objetivos: (i) hablamos entre aliados para inspirarnos y movilizarnos, (ii) enfrentamos a la oposición para poner en evidencia sus contradicciones y, finalmente, (iii) iniciamos diálogos con quienes aún no se han comprometido o tomado una posición, para intentar persuadirlos y sumar.

 

La tendencia en estas discusiones es que nos dedicamos a debatir entre quienes ya estamos convencidos, y a pelear con quienes están convencidos de lo contrario, mientras olvidamos que hay un grandísimo segmento de la población con quienes ni siquiera intentamos hablar.

 

Si los resultados del plebiscito son indicativos de algo, hay una profunda polarización entre dos grupos: 6.377.482 ciudadanos votaron por el Sí y 6’431.376 ciudadanos votaron por el No, mientras que más del 62 % de la población no votó. Para construir un discurso que nos permita dialogar con este grupo de personas que hasta ahora no ha sentido que es importante participar en los debates políticos del país, tenemos que olvidarnos de la sofisticación con la que discutimos entre académicos en las universidades y empezar a preguntarnos cuáles son los temas que realmente le interesan a ese 62 % y cuáles son los lenguajes que usan, para desde ahí empezar a construir un discurso, con nuestro mensaje, que sea relevante para ellos.

 

En este ejercicio debemos tener cuidado de no confundir a la oposición formal con quienes en ocasiones responden a sus discursos, pero que de ninguna manera constituyen el problema. Si atacamos a esos ciudadanos estamos lanzándolos a los brazos de la oposición y cerrando definitivamente cualquier posibilidad de establecer un diálogo en el que podamos generar algún interés por nuestro discurso.

 

El problema no son las personas religiosas, sino quienes confunden la biblia con la Constitución; el problema no son los hombres, sino quienes promueven el sexismo; el problema no son quienes valoran la institución de la familia, sino quienes quieren imponer un único modelo en el que importa la forma y no el bienestar de sus miembros. Nuestra tarea es encontrar la manera de iniciar una conversación con aquellos dispuestos a escuchar, aunque -y precisamente porque- no van a estar 100 % de acuerdo con nosotros.

 

La oposición está organizándose y viene por todo. Este es el momento de superar nuestras diferencias, enfocarnos en lo que nos une y construir alianzas entre diferentes movimientos por la justicia social, mientras hacemos el esfuerzo por conocer y crear empatía con esas personas con las que no hemos hablado nunca, para tender puentes que nos permitan sumar.

 

¡Más “chapeau” y a sumar!