Francisco Barbosa

Ph D en Derecho Público Universidad de Nantes (Francia).

Docente Universidad Externado, @frbarbosa74

 

Uno de los temas que impactaron el 2016 y que tiene efectos en este año que se inicia es el debate sobre los límites de la democracia participativa. Es una realidad que la votación del plebiscito en Colombia, en la cual se negó el respaldo a la política de paz del presidente Santos, puso en ascuas el sistema político y jurídico de la nación. En el Reino Unido ocurrió lo propio con su salida de la Unión Europea (‘brexit’), luego de una votación popular, que también ha planteado serios debates sobre los límites de la democracia.

 

Lo cierto es que en los dos casos, las cortes de justicia han limitado las decisiones del pueblo por considerar que, a pesar de los resultados, su mandato no lo puede todo y tiene límites claros.

 

En el caso de Colombia, luego de la decisión del plebiscito, se inició un proceso de renegociación del acuerdo y se determinó la refrendación de la paz por parte del Congreso de la República. Sin embargo, el asunto se tornó más interesante cuando la Corte Constitucional, en Sentencia C-699 del 2016, declaró que la expresión “refrendación popular” debía entenderse no solo en términos de democracia participativa, sino de democracia representativa. Su argumentación se dirigió a entender que el debate de la paz era excepcional y no un hecho cotidiano y ordinario.

 

En igual sentido, el 19 de diciembre del año pasado, el Consejo de Estado admitió una demanda contra el plebiscito, resolviendo unas medidas cautelares, al aceptar el argumento que el triunfo del No fue producto de la violencia por engaño a que fueron sometidos los colombianos por parte de quienes impulsaron dicha campaña. Al final, se exhortó al Congreso de la República a implementar con prontitud el acuerdo de paz suscrito con las Farc. Esta decisión altera la idea de que la democracia participativa es absoluta y definitoria en eventos de este resorte.

 

En el caso del Reino Unido, el proceso electoral se dio en el ámbito de una elección muy cerrada y en medio de todo tipo de mentiras vertidas por quienes buscaban la salida de la Unión Europea. La primera ministra Theresa May en un principio creyó que una vez el pueblo votara, procedería a activar el artículo 50 del Tratado de Lisboa y, con ello, se iría. Sin embargo, el asunto no es tan simple. Un grupo de ciudadanos demandó ante la justicia esta decisión popular, indicando que los términos del abandono de la Unión Europea debían ser decididos por el Parlamento y no por el Gobierno. Este argumento fue acogido por la Corte Suprema británica. Otra talanquera a la voluntad popular.

 

Estos casos enunciados nos dejan dos reflexiones. La primera, que no necesariamente la democracia participativa tiene prelación sobre la democracia representativa. Esto en cierto, en especial cuando las decisiones populares pueden vulnerar derechos de poblaciones históricamente discriminadas o se hayan rechazado consultas que tienen fines loables como pueden ser la paz o la integración.

 

Un segundo aspecto es la necesidad de que los órganos del Poder Público - cortes de justicia y parlamentos o congresos- observen con detenimiento la construcción de dispositivos retóricos y emocionales que vehiculan a las gentes en la simpatía, antipatía, ira, rabia o temor. El profesor Andrei-Gómez nos desenvuelve la madeja sobre este punto en un gran libro El triunfo del NO: La paradoja emocional detrás del plebiscito (Icono, 2016), poniendo énfasis en la manera en que la política, como lo había escrito en el siglo 18 el escritor irlandés, Jonathan Swift en El arte de la mentira política, (Sequitur, 2011), se juega en el terreno de los dispositivos retóricos y emocionales de los ciudadanos. El nacionalismo y el populismo surgen en esos ambientes.

 

Es cierto que la democracia debe ser preservada, pero sin permitir que la insensatez, el nacionalismo y la violación de los derechos puedan ser el camino torticero que la misma democracia nos trace. Los debates apenas comienzan y el mundo observa expectante cómo los paradigmas políticos y jurídicos se alteran con facilidad. Lamentablemente, no se ve tierra a la vista.