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Mónica Roa

Especialista en uso del Derecho para la promoción del cambio social y en equidad de género

@MonicaRoa

 

Decir que las niñas tienen vagina y los niños tienen pene parece indiscutible, pues es una de las verdades incuestionables con las que nos educaron. Sin embargo, aquellos que quieran abrirse a la posibilidad de entender de qué se trata el debate, pronto se darán cuenta de que cuando se trata del sexo biológico, la naturaleza no ha trazado límites tan claros, ni funciona bajo conceptos tan absolutos como lo creemos.

 

Hay tres maneras de determinar el sexo biológico de las personas: la observación de los genitales externos que hacen los médicos al momento del nacimiento (o, incluso, antes en las ecografías), que es la más común; los exámenes genéticos para determinar la composición cromosómica de las personas, y la medición de las hormonas que producen las gónadas (ovarios o testículos) y que responden por la formación de las características sexuales secundarias en varones y hembras.

 

Por el primer examen hemos pasado todos. Las tres primeras palabras que se han pronunciado cuando nacemos son: ¡es una niña! o ¡es un niño! En el primero de los casos, se distingue una vagina y un clítoris, y en el segundo un pene y unos testículos. Con esta simple observación se determina nuestro “sexo asignado al nacer”, que es el que aparecerá en todos los documentos de identificación que a través de la vida se exigirán para acceder a todo tipo de derechos, como la educación, la salud, el trabajo, etc. Sin embargo, en ocasiones, los genitales son ambiguos. Estas personas son conocidas como intersexuales.

 

Hace un par de décadas, la situación se resolvía con un metro: si el falo medía hasta nueve milímetros, se consideraba un clítoris y se educaba a la persona como niña; si el falo medía más de 2,5 centímetros se consideraba un pene y se educaba como niño; y si medía entre uno y 2,5 centímetros había que operar. Para la operación, “el sexo” generalmente se decidía con base en lo que cosméticamente fuera más fácil de lograr: que esta persona tuviera genitales que parecieran vagina y clítoris, o que parecieran pene y testículos. El problema con esta solución es que muchas personas intersexuales cuando crecieron no se identificaron con el sexo que les asignaron y enfrentaron innumerables problemas, incluido el suicidio. Por esta razón, actualmente se recomienda que los niños y niñas intersexuales primero crezcan y desarrollen su identidad, y luego se realice la operación de forma que el sexo responda a su identidad de género.

 

La otra manera de establecer el sexo de una persona es haciendo un examen para determinar la composición cromosómica de las personas: XX, para las hembras, y XY, para los varones. Sin embargo, este método tampoco es definitivo, porque existen personas con composición cromosómica XXY o con mosaico genético donde en una misma persona coexisten células XX y XY. Estas personas también se denominan intersexuales.

 

Finalmente, el otro aspecto que se ha usado para determinar el sexo de las personas es la cantidad de hormonas sexuales producidas por las gónadas: los testículos en los varones y los ovarios en las hembras. Para empezar, hay que tener en cuenta que todos producimos tanto testosterona como estrógenos, sin embargo, mayores cantidades de estrógenos hacen que se desarrollen los senos y se ensanchen las caderas, y mayores cantidades de testosterona desarrollan la manzana de adán, el vello facial y hacen que la voz sea más grave. Pero, una vez más, bajo este criterio también se encuentran hembras con altos niveles de testosterona y varones con altos niveles de estrógeno.

 

Podríamos deducir que sabremos con certeza si una persona es biológicamente hombre o mujer –sin entrar siquiera a la discusión sobre roles de género ni orientación sexual-, si los resultados de estas tres formas de determinar el sexo están alineados. Pero como ninguna de ellas es infalible y existen en el mundo múltiples ejemplos de personas cuyo “sexo asignado al nacer”’ no coincide con la composición cromosómica, o con los niveles hormonales que se esperarían, en últimas el criterio más importante de todos, es cómo se identifica esa persona. Por ejemplo, si yo me hiciera un examen cromosómico y resulta que soy XY, ese resultado no va a cambiar mi identidad de género como mujer.

 

El debate sobre los derechos de las personas trans empieza precisamente por reconocer que hay personas para quienes no existe una alineación entre el “sexo asignado al nacer” y la identidad de género que desarrollaron y que, por lo tanto, son ellas quienes saben con certeza cuál es su sexo, aunque ese no coincida con los genitales que vieron los médicos en el momento del parto. Yo entiendo que todo esto puede ser complejo y que cuestiona creencias profundamente enraizadas en nuestra cultura. Pero la situación de derechos humanos de las personas trans no da espera. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, las condiciones de extrema vulnerabilidad hacen que la expectativa de vida de esta población en Latinoamérica sea de 35 años. Quienes quieran abrir su mente y entender los detalles de este debate tienen a su disposición un mundo de recursos para informarse. Pero para tomar posición, no hace falta hacerse un experto; solo hay que recordar el artículo 1º de la Declaración Universal de Derechos Humanos. No importa cómo son los genitales ni cómo se usen, todos nacemos iguales en dignidad y derechos.