Andrea Rocha Granados

Abogada de la Universidad de los Andes e investigadora en derechos humanos

 

En los procesos de justicia por crímenes de lesa humanidad que se han adelantado en distintas partes del mundo se suele aportar material probatorio muy diverso. Testimonios, libros y reglamentos militares son algunos de ellos. También el cine ha hecho una contribución a la tarea de desentrañar los delitos más graves cometidos, por lo general, con una vocación de clandestinidad y silencio.

 

Son muchas las películas que forman parte del acervo probatorio en distintos expedientes judiciales. El caso más emblemático, incluso inaugural, es el de las imágenes de los campos de concentración nazis tomadas por los aliados al fin de la guerra y que fueron presentadas durante los juicios de Núremberg.

 

Las escenas de miles de cuerpos apilados unos sobre otros, de cuerpos aún vivientes desplazándose como fantasmas, la de soldados nazis también fantasmagóricos enterrando esos miles de cadáveres, buscaron visibilizar un crimen masivo que, en teoría, había pasado desapercibido. En ese caso la evidencia física de lo sucedido estaba pero era inabarcable o, mejor, inimaginable. La película vino a suplir esa dificultad de representación.

 

¿De qué manera el cine se constituye en prueba documental que incluso se anticipa a la acción de la justicia? Dicho más sencillamente, ¿qué es lo que prueban esas películas o a qué se le otorga fuerza de verdad?: ¿a los testimonios que están incorporados?, ¿a la narración que se hace de los hechos?, ¿a las hipótesis que se esbozan? ¿o simplemente a la declaración que hace el director sobre el trabajo que realizó, es decir, a lo que está detrás de cámara? El caso argentino puede darnos algunas respuestas.

 

Los escuadrones de la muerte – la escuela francesa es tal vez el documental más citado en el proceso de justicia argentino. El trabajo de Marie Monique Robin ha sido de análisis obligatorio en sentencias como la emblemática ESMA (2011) en Capital Federal, pasando por Margarita Belén (2011) en el Chaco y la Megacausa La Perla (2016) en Córdoba. En todas esas oportunidades la autora ha sido llamada a declarar.

 

¿Cuál es el valor de esta película? Además de hacer una indagación profunda sobre el origen de los métodos de tortura y desaparición aplicados en Argentina por la dictadura, Marie Monique logra que los perpetradores admitan la desaparición sistemática de los opositores políticos.

 

En un proceso de justicia en donde se trata de probar la sistematicidad y generalidad en la comisión de unos delitos sobre los que se ha borrado todo rastro, los testimonios y otras pruebas que dan cuenta de los aspectos doctrinarios que los motivaron son fundamentales. Ese es uno de los méritos del trabajo de Robin y es por eso que ella se ha convertido en testigo clave.

 

El documental no tiene el deber de mostrar la inocencia o culpabilidad de un individuo. Su única obligación es contar una historia y hacerlo bien. Con rigor periodístico y cuidado estético. Más adelante, cuando los tiempos son favorables, los jueces pueden hacer uso del material que ha sido recopilado por el documentalista. Es el caso de dos películas: Juan, como si nada hubiera sucedido, de Carlos Echeverría y Trelew - la fuga que fue masacre, de Mariana Arruti. 

 

Ambos trabajos fueron realizados en momentos en donde la acción de la justicia parecía lejana o incluso imposible. Una característica en las dos películas es precisamente la denuncia sobre la falta de acción del Estado para dar con los responsables de los hechos que se cuentan: en el primer caso la historia de Juan Herman, el único desaparecido de Bariloche, y en el segundo el fusilamiento de 19 presos políticos ocurrido en 1972, en la base Aeronaval Almirante Zar. En ambos casos, también, los realizadores lograron dar con testigos que la justicia nunca buscó, bien sea por imposibilidad, desinterés o impericia.

 

En el caso de Juan, el documental logró dar con un testigo clave que veinte años después pudo dar su declaración ante el tribunal oral. En el caso de Trelew, se tuvieron en cuenta los testimonios que se lograron recopilar de gente que ya había muerto al momento de celebrarse el juicio. La documentalista también aportó como prueba material que no formó parte de la película.

 

En todos estos ejemplos los documentalistas han conseguido lo que los jueces no. Llegar a los orígenes doctrinarios de la desaparición forzada, encontrar al testigo clave de la presencia de una víctima en un centro clandestino de detención, rastrear las consecuencias de un fusilamiento entre los familiares de los muertos para vincular ese hecho a la represión posterior. Dar contexto lo que parece un cabo suelto, dar cuenta de las dificultades que causa el silencio, mostrar lo que no se puede mostrar.

 

Tal vez sea el momento de empezar a elaborar una lista de documentales colombianos que puedan servir para el proceso de verdad y justicia que está por venir. Tal vez sea el momento de hacer más documentales. Tal vez sea el momento de asumir desde distintas disciplinas el compromiso de dar testimonio sobre los tiempos difíciles que de algún modo todos tuvimos que vivir.